El agro gallego resiste y crece pese al abandono institucional

  • El sector agroalimentario gallego supera los 4.500 millones en VAB, consolidándose como motor económico frente al estancamiento forestal-madera.

El valor del campo gallego sigue al alza

Galicia lleva décadas repitiendo una verdad que los datos vuelven a confirmar: el sector agroalimentario es, junto al mar, uno de los pilares de su economía real. El Valor Añadido Bruto (VAB) del agro gallego ha experimentado un crecimiento sostenido desde el año 2000, superando los 4.500 millones de euros en 2022, según datos del IGE.

Esta cifra contrasta con el estancamiento que vive la cadena forestal-madera, cuyo VAB apenas se ha movido en dos décadas y que cerró 2022 con algo más de 1.200 millones de euros. La diferencia es clara: mientras el rural ligado a la producción alimentaria sigue generando riqueza, el modelo forestal gallego apenas ha despegado.

Crecer a pesar del abandono

El crecimiento del agroalimentario no se entiende sin mencionar el esfuerzo de las explotaciones familiares, cooperativas, SATs y pymes rurales, que han sostenido la actividad pese a una década marcada por malas decisiones políticas, falta de incentivos reales y un relevo generacional que no acaba de llegar.

Lejos de caer, el VAB del sector no ha parado de aumentar, con algunos baches puntuales, como en 2009 o en 2020 (pandemia), pero con una clara tendencia al alza que culmina en el récord actual. En contraposición, la cadena forestal vive entre oscilaciones, sin un plan claro que dinamice un recurso tan abundante como desaprovechado.

Una brecha productiva cada vez más evidente

Lo que antes era una diferencia de sectores ahora es una brecha estructural. El agroalimentario aporta casi cuatro veces más riqueza que la cadena monte-industria, demostrando que el rural gallego tiene más futuro en los pastos y huertas que en los monocultivos forestales sin transformación local.

Este diferencial se ha ido acentuando: en el año 2000, la diferencia entre ambos sectores era de 1.700 millones de euros. En 2022, supera los 3.300 millones. Una señal clara de que la especialización agroganadera, cuando está bien orientada, genera empleo, fija población y mueve economía real.

¿Y la política agraria gallega?

Poco se puede decir de la política institucional gallega sin mencionar su falta de ambición en estos dos sectores clave. El agroalimentario ha resistido y crecido más por inercia del tejido rural que por apoyo real. Mientras tanto, el sector forestal sigue sin aprovechar su potencial transformador, atado a un modelo extractivo y sin industria de valor añadido.

Desde el rural se reclama una visión estratégica, no subvenciones estacionales ni campañas de imagen. Faltan políticas que apuesten por el producto local, por la profesionalización del campo y por una ordenación forestal que genere empleo rural y no solo madera barata para exportar.

El rural gallego no se rinde

A pesar de todo, el sector agroalimentario gallego sigue siendo un motor económico sólido, y eso debería marcar el rumbo de las decisiones futuras. El dato del VAB es más que una cifra: es el reflejo de una realidad que el rural conoce bien y que necesita apoyo serio y sostenido para seguir creciendo.

Mientras algunos informes institucionales se llenan de discursos grandilocuentes, la tierra gallega sigue produciendo, generando valor y resistiendo. Y eso, en tiempos de abandono, ya es una victoria.

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