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martes, abril 21, 2026

Las lluvias frenan el fuego que arrasó 2.300 hectáreas

  • Las tormentas ponen fin a los incendios en Ribeira Sacra y Valdeorras, tras días en que los medios de extinción no lograban controlarlos.
 
El agua como aliada inesperada
 
Después de cuatro jornadas de llamas incontroladas, fueron finalmente las lluvias y la bajada de temperaturas —y no los medios desplegados— las que consiguieron frenar el avance de los incendios que devastaron la Ribeira Sacra y Valdeorras. En total, más de 2.300 hectáreas de monte, viñedos y cultivos quedaron calcinadas, dejando tras de sí un paisaje desolador en uno de los enclaves rurales más singulares de Galicia.
 
Ribeira Sacra: viñedos bajo las cenizas
 
El fuego que comenzó el jueves en Pantón se extendió hasta Sober, alcanzando el corazón vitivinícola de la Ribeira Sacra. Varias aldeas como Budián sufrieron daños en viviendas y construcciones auxiliares, mientras los vecinos valoran ahora la pérdida de viñedos, huertas y frutales.
Foi como a fin do mundo”, relataban ayer los habitantes, todavía conmocionados por la rapidez con que avanzaron las llamas en las laderas del río Cabe.
 
La conselleira do Medio Rural, María José Gómez, se desplazó a la zona asegurando que la situación estaba “bastante estable”. Sin embargo, la realidad fue que la estabilización definitiva llegó cuando la meteorología cambió de signo.
 
 
Valdeorras: la otra cara del desastre
 
En O Bolo, en la comarca de Valdeorras, el fuego se dio por extinguido en la madrugada del sábado, tras arrasar 273 hectáreas de monte y amenazar el núcleo de Santa Cruz. También aquí fue la lluvia la que puso el punto final a un incendio que durante horas había obligado a activar el nivel 2 de alerta por riesgo para la población.
 
El Xurés y la frontera portuguesa
 
A pocos kilómetros, en el Parque Natural da Baixa Limia-Serra do Xurés, las llamas afectaron a 3,5 hectáreas de un espacio de alto valor natural. El incendio, iniciado apenas horas después de declararse el de Valdeorras, volvió a poner en evidencia la fragilidad de estas áreas protegidas.
En paralelo, en el municipio portugués de Montalegre, las autoridades declaraban “controlado” otro fuego que se había unido al de Ourense, obligando a coordinar operativos entre ambos lados de la frontera.
 
Impacto para el rural
 
La superficie arrasada se traduce en cultivos perdidos, viñedos dañados y economías familiares quebradas, especialmente en territorios donde la viticultura y la agricultura de autoconsumo forman parte esencial del sustento.
Las ayudas anunciadas por la Xunta llegan tarde para quienes, en pocas horas, vieron arder el trabajo de años. El contraste entre las palabras institucionales y la crudeza del terreno es evidente: sin la lluvia, el balance podría haber sido aún más devastador.

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