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Cara a cara: ganadería vs. animalismo

septiembre 3, 2018
Manuel Moure y Rubén Pérez pertenecen a mundos muy distintos. Uno vive en el campo, en una zona de montaña, y el otro en una gran ciudad. Uno es ganadero y el otro se opone a la ganadería. Uno come de todo y el otro está a punto de ser totalmente vegano. Uno cuida a las vacas en su granja, y el otro quiere que solo cuidemos los bosques en los que aspira a que vivan. Manuel es ganadero y Rubén animalista. Pero, pese a todas sus diferencias y a que la aplicación de las ideas de uno puede suponer la desaparición de las del otro, hemos conseguido que se sentaran a debatir. Y lo han hecho con un tono y una cordialidad que no suele acompañar a este tipo de debates: así ha sido su conversación.

Fotos: Jose Santiso


Revista AFRIGA — Cara a cara: ganadería vs. animalismo
Rubén Pérez Sueiras (izquierda) y Manuel Moure Montes (derecha)

Manuel Moure Montes es el titular de Ganadería Moure —San Miguel, Chantada, Lugo—, una explotación de la sierra de O Faro en la que la nieve es habitual. Rubén Pérez Sueiras es de A Coruña y trabaja para la Fundación Franz Weber, una entidad que persigue «el establecimiento de políticas públicas de protección animal en todos los países del mundo». También es miembro de la Asociación Animalista Libera, una organización que, en los últimos años, ha centrado sus esfuerzos «en la elaboración de propuestas de incidencia política que han permitido modificar la legislación y avanzar en la consideración moral de todos los animales».

Los lobos y la gestión de la fauna salvaje

Uno de los temas en los que más chocan la gente del medio rural y los animalistas es el de la gestión de la fauna salvaje. Comenzamos el debate hablando de este asunto en relación con los lobos.

Solo en Galicia, en 2017 se denunciaron 1.203 ataques de lobo que tuvieron como resultado 2.379 animales muertos. 1.288 ovejas, 593 vacas, 242 cabras y 256 caballos. Esto teniendo en cuenta los registros oficiales porque, en muchas ocasiones, el ganadero prefiere dar por perdido al animal antes que pasar por todo el laberinto de papeles que implica la solicitud de unas indemnizaciones que, además, siempre llegan tarde y nunca cubren lo perdido. Por esta razón, del total de denuncias por ataques, solo 968 presentaron solicitud de indemnización. Finalmente, la Xunta de Galicia tomó en consideración 719, que suponen un desembolso de 330.000 euros, pero que no se sabe cuándo se cobrarán. Si las cifras ya son malas de por sí, se vuelven peores si las comparamos con las de solo dos años antes: en 2015 se habían denunciado 618 ataques, y el número de reses muertas era de 1.258.

Ganadero y animalista están de acuerdo en que el lobo es un problema, pero difieren radicalmente en cuando a de qué tipo y sus soluciones. Igualmente, coinciden en que los hábitos alimenticios del lobo han cambiado: el ganadero afirma que «el lobo es el enemigo tradicional del jabalí pero, si puede comer una ternera de ocho meses que tiene el mismo peso y no sabe defenderse, ¿por qué iba a pelearse con un jabalí fuerte y con colmillos afilados?». Rubén también apunta que este cambio de hábitos del lobo lleva a que se disparen las poblaciones de jabalíes, corzos y otras especies de las que siempre se había alimentado.

La caza como solución

En la Ganadería Moure están habituados a los ataques del lobo, que ya les ha matado varias reses, e incluso en el escudo de su ayuntamiento figuran tres de estos animales. Manuel afirma que «no estoy a favor de que el lobo se mate de forma masiva, no pido que se extermine. Sin duda cumple una función en el ecosistema, y ayuda a regular otras especies que resultan dañinas, como el jabalí, pero los ganaderos también cumplimos la nuestra y es necesario un control para que todos podamos convivir. Una población excesiva de lobos no solo es un problema para los ganaderos, sino para toda la naturaleza. La caza controlada y en determinados momentos es una solución efectiva».

Rubén Pérez coincide en la necesidad de ejercer control sobre la fauna salvaje, pero matiza que la vemos como un problema porque los seres humanos asumimos que el territorio es algo de nuestra propiedad: «La caza no ha demostrado ser una medida efectiva de control de poblaciones, no hay ningún estudio histórico que evidencie su utilidad en este sentido. Es más, el hecho de que aumenten los ataques es la prueba de que no funciona. Creo que la mejor opción es trabajar en la adopción de medidas preventivas. Obviamente el ganadero quiere que sus animales estén vivos pero, si la Administración agilizase el pago de indemnizaciones, el lobo no estaría tan mal visto. Lo que no aceptamos es que se den facilidades a los cazadores en vez de buscar soluciones no letales».

Rubén: «La caza no ha demostrado ser una medida efectiva de control de poblaciones. Es más, el hecho de que aumenten los ataques es la prueba de que no funciona» / Manuel: «No pido que se extermine el lobo. Cumple una función en el ecosistema, pero los ganaderos también, y es necesario un control para que todos podamos convivir».

Sin embargo la caza no parece ser una amenaza para el lobo, y tampoco puede resultar eficaz porque apenas se practica: entre 2011 y 2016 se autorizaron en Galicia 25 acciones de caza paliativa, con el resultado de 10 ejemplares abatidos. 10 lobos en cinco años frente a 2.379 reses en uno solo. Algunos grupos ecologistas hablan de lazos, cepos y venenos en los montes que matarían a unos 100 lobos al año, pero no hay ningún registro oficial ni particular que avale esa afirmación.

Moure deja claro que no le gusta la caza como deporte, y que adoptar medidas preventivas sería una buena opción, pero apunta que «dejar radicalmente de cazar al lobo solo incrementaría el problema. Si se elimina completamente su caza, la población se disparará y se volverá cada vez más agresivo contra los animales de las granjas y contra los del monte, porque serán más bocas que alimentar».

En lo que no hay acuerdo es en las facilidades o dificultades que la administración pone para la caza del lobo. Pérez opina que la Xunta de Galicia, encargada de su regulación, actúa en connivencia con lo que llama «el lobby de los cazadores», que «usan la excusa de la ganadería para justificar lo que es únicamente una afición. No creo que les importe demasiado el problema de los ganaderos. La mayor parte de ellos no tienen granjas, pero con las reses muertas encuentran una justificación ante la sociedad y ante la Administración».

Por el contrario, Moure cree que en el caso concreto del lobo no hay una actuación decidida del gobierno, «ni tampoco organizada. Se actúa igual en lugares donde no hay una sola explotación, como algunas zonas poco pobladas de Ourense, que en otras donde abundan las vacas. Hay zonas de Galicia en las que se precisarían varias batidas al año y otras en las que no es necesaria ninguna en décadas, pero no se tiene en cuenta esa diferencia».

Medidas preventivas

Generalmente, los grupos contrarios a la regulación mediante la caza reclaman que los ganaderos cierren sus fincas con barreras suficientes para proteger al ganado del lobo. Como ganadero, Moure asegura que a día de hoy esto resulta imposible, debido a factores como «el minifundismo, la mezcla de parcelas con actividad muy diferente o el coste de los cierres en un sector que recibe precios muy bajos por sus productos. Para que se pueda hablar de cierres perimetrales sería necesaria una organización integral del territorio, con concentraciones parcelarias muy amplias y recursos económicos. En ese caso sí que podría plantearse el cierre de espacios, bien aquellos que ocupa el ganado, bien áreas de monte para asegurar la pervivencia del lobo. Pero con la actual ordenación del territorio no se puede hacer».

El representante de la Fundación Franz Weber concuerda en que la ordenación del territorio rural, o más bien la falta de la misma, es un problema grave para agricultores y fauna, «especialmente las concentraciones parcelarias, que se prolongan durante tantos años que acaban por desaparecer incluso quienes iban a beneficiarse de ellas. Lo que reclamamos a la Administración es más imaginación a la hora de enfrentarse al lobo. Siempre se acude a la batida de caza como primer recurso, nunca se opta por medidas disuasorias como pueden ser innovaciones tecnológicas, ayudas al cierre de fincas o el simple paso de comprobar qué se está haciendo en otros países».

Ganadero y animalista coinciden en que los seguros agrarios son un parche que ni soluciona el problema de los ataques de lobo, ni sus consecuencias económicas para el ganadero. Y también en que la Administración no puede desentenderse de los daños dejándolos en manos de las aseguradoras, cuando es a ella a quien compete regular lo que sucede en la naturaleza.

El papel de los medios de comunicación

Rubén Pérez apunta también a una cierta responsabilidad por parte de los medios de comunicación, en los que «siempre se ha asociado al lobo con aspectos negativos como la muerte de animales o problemas sanitarios. Solo se habla del lobo para lo malo. Incluso hemos visto que un periódico informaba, hace poco, de que en una parroquia de Vilalba los habitantes temían ser víctimas del lobo. Eso es una exageración sin sentido y hasta un poco ridícula. A lo mejor creen que generando miedo al lobo la situación va a mejorar».

Moure está de acuerdo en que la mayoría de medios transmiten una imagen negativa del lobo, aunque matiza que en las zonas ganaderas esa mala imagen se la gana a pulso él solo. Y apunta una idea que se escucha frecuentemente en entornos rurales como solución: «Antes, cuando moría un animal en una granja, se depositaba en el monte para que los lobos se alimentasen de él. Se hizo durante siglos, pero ahora está prohibido y castigado. Los lobos ya no cuentan con esa fuente de alimento y acuden a donde pueden comer».

Los jabalíes, el gran enemigo de los ganaderos

Si el lobo es el rival más famoso de los ganaderos por su efecto letal sobre el ganado, el jabalí es, sin ninguna duda, el gran enemigo de ganaderos, agricultores y habitantes de zonas rurales. Sus ataques afectan a todo tipo de cultivos, ya sean viñedos, castañas, hierba forrajera, patatas o maíz —cabe recordar que el coste de una hectárea de este cereal, desde que se siembra hasta que se ensila, es de unos 1.200 euros—. Solo el sorgo y el girasol parecen librarse de sus arremetidas, pero los ganaderos saben que estos forrajes dan un rendimiento por hectárea muy inferior al de la hierba o el maíz. Cualquier ganadero, desde la costa cantábrica hasta la frontera portuguesa, ha recibido alguna vez la visita del «mamífero artiodáctilo». Y ojo, porque ya empieza a asomar el hocico por áreas urbanas.

No hay datos numéricos fiables sobre los daños que causa este animal, sobre todo porque la mayoría de los ataques a plantaciones pequeñas no se denuncian, y también porque es difícil cuantificar el terreno afectado o el número de plantas. Además, donde entra el jabalí entran infecciones, por lo que no solo es una cuestión de que se coma el cereal, sino de que afecta a todo aquel por el que pasa. Un dato seguro, aportado por la DGT —Dirección General de Tráfico—, indica que en Galicia se producen al año 1.280 accidentes causados por la fauna salvaje, de los que el 60 % —unos 770— se deben al jabalí, la mayoría en carreteras secundarias de la red rural.

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Manuel Moure nos cuenta su problema más reciente: «No he hecho una medición exacta pero calculo que, en una finca de hierba que planté, de cuatro hectáreas el jabalí se comió una. Ahora se recurre cada vez más a los seguros agrarios para proteger al menos las cosechas forrajeras. En mi zona ya se está abandonando el cultivo de maíz, porque no compensa gastar todo ese dinero para que luego lo destroce el jabalí. Lo malo es que ya estamos viendo que la hierba también le gusta. Los cazadores y la gente que anda por el monte nos asegura que el cambio climático, con la mejora de condiciones por la subida de temperaturas y la abundancia de alimento, están provocando que los jabalíes tengan dos camadas anuales cuando antes solo tenían una, así que el problema se multiplica por dos». Un dato avalaría esta teoría de la doble camada: en la temporada de caza 2000-2001 se capturaron en Galicia 1.603 ejemplares, en la 2012-2013 fueron 15.215, y en 1982 habían sido solo 270. Cuanto más pasa el tiempo, más jabalíes se cazan pero mayores son los daños que causan.

Rubén apunta que «las facilidades que se dan a los cazadores hacen que aumente la presión sobre el jabalí, provocando que huya de sus hábitats tradicionales en los montes hacia zonas agrarias y peri-urbanas, tanto por ponerse a salvo como por la abundancia de alimento en esas áreas».

Las experiencias de Rubén y Manuel dejan patente las diferencias entre el mundo rural y el urbano. El animalista recuerda cómo la presencia de jabalíes en Cambre —área urbana de A Coruña— y el intento de unos iluminados por cazarlos con arco llamó la atención de toda la prensa. Y lo mismo pasó con una camada nacida en el centro de la ciudad de Monforte de Lemos. En este sentido, Moure reconoce amargamente que «a la gente del rural nos causan pérdidas económicas todas las semanas. Nos hacen perder tiempo, dinero y nos desgastan emocionalmente, pero esto no parece preocupar a nadie. Nos pagan una miseria, tarde, mal y se acabó el cuento. Pero luego aparecen tres jabalíes en una ciudad y se llevan todas las portadas». Rubén también se muestra en contra de este tipo de sensacionalismo.

Posibles soluciones

Para Moure hay pocas alternativas a la caza: «Desde luego menos que en el caso del lobo. Cualquier cierre, para ser efectivo, tendría que ser electrificado, y hacerlo en todo el perímetro de toda la superficie agraria útil de una explotación es imposible actualmente. No digo que la caza sea lo único que se puede hacer, pero tampoco veo muchas más opciones. Los simuladores de disparos, los pastores eléctricos, el colocar lana o pelo humano en los bordes, poner música… todos son parches que funcionan tres o cuatro días, hasta que el jabalí se da cuenta de que no existe amenaza real».

Por el contrario, Pérez opina que existen opciones claras: «En cuanto a los cultivos, se pueden plantar aquellos que son rechazados por el jabalí, o bien destinar una parte de las fincas —preferentemente el perímetro— para que el jabalí se alimente y quede protegida la parte que tiene un rendimiento económico. En cuanto al cierre de fincas, hay que dar ayudas para que se siga electrificando y, por supuesto, eliminar la presión que ejercen los cazadores en los hábitats tradicionales del jabalí, para evitar su huida hacia otras zonas». Moure no está de acuerdo con esto último: «Para los cazadores es mucho más fácil hacer las capturas en un prado o una zona baja que subir a pelearse con la maleza, las cuestas y la falta de visibilidad del monte. Opino que el jabalí no baja porque lo presione el cazador, sino a buscar comida fácil y abundante».

Batidas de caza, alternativas y el papel de la Administración

La concesión de batidas de caza también es motivo de discrepancia. Rubén afirma que la última directiva de la Xunta de Galicia contempla batidas preventivas, por lo que «se fomenta la captura del jabalí antes de que se produzcan los daños. Es una medida que se califica de preventiva, pero que se autoriza incluso cuando no hay evidencias ni de que se hayan producido daños, ni de que se vayan a producir. De ese modo se demuestra que el cazador no es un regulador y protector de los cultivos. La legislación entre 1997 y 2013 ha tendido a liberalizar la caza. La Unión de Tecores pide casi cazar todo el año, y vemos cosas como que no se considere maltrato animal que un perro de caza resulte herido o que se reduzcan las distancias de seguridad, aún sabiendo que las armas son cada vez más potentes. Por otro lado, hay estudios biológicos que demuestran que los animales, también el jabalí, reaccionan ante el peligro creando camadas más numerosas. Es decir, si el jabalí se siente amenazado por una caza excesiva, acaba criando más».

Para Manuel, las batidas se conceden sobre todo a partir del final del verano: «Al menos en mi zona, se empieza a cazar el jabalí coincidiendo con el momento justo antes de la recogida del maíz, es decir, cuando ya ha hecho todo el daño posible».

Rubén apunta que, en el parque natural de Collserola —Barcelona—, se está experimentando un método de esterilización basado en una vacuna, inyectada mediante un disparo que no causa daños al jabalí. Sin embargo, matiza que está pensado para zonas peri-urbanas y aún no hay datos de resultados.

Como en el caso del lobo, ganadero y animalista coinciden en la necesidad de que la Administración agilice y dote del dinero suficiente las indemnizaciones a los ganaderos. Ahora bien, ninguno ve muy lógico que se prolongue en el tiempo una situación en la que se dé dinero para comprar forrajes porque los propios los ha destrozado el jabalí.

La PAC también sale a colación, y ambos creen que el dinero que se llevan las personas jurídicas —sociedades— que poseen mucho terreno, pero no producen nada, estaría mejor empleado en políticas para la regulación del jabalí.

Los modelos de explotación ganadera

Antes de comenzar con este punto Manuel ya nos aclara que, si hubiese una buena ordenación del territorio, podría tener una explotación con ganado no estabulado, que se alimentase de lo que produce la tierra acudiendo literalmente a ella a través del pastoreo. «Dicho esto, que quede claro que en los modelos más o menos intensivos —y en todas las explotaciones lácteas, salvo algún inconsciente— cumplimos a rajatabla las normas de bienestar animal y cuidado del medio ambiente que nos reclama la Unión Europea. De no ser así iríamos perdiendo las ayudas de la PAC, que son imprescindibles mientras sigan los precios bajos de la leche». Moure insiste en que el primer interesado en que las vacas estén bien cuidadas es quien vive de ellas.

Rubén: «Las normativas europeas tratan de hacer más presentable ante la sociedad la explotación de los animales» / Manuel: «En los modelos de explotación más o menos intensivos cumplimos a rajatabla las normas que nos reclama la UE».

Rubén Pérez reconoce que las políticas de bienestar animal son contrarias al objetivo de Libera o de Franz Weber, ya que perpetúan la explotación de los animales: «En las organizaciones a las que pertenezco tenemos como objetivo desincentivar el consumo de productos de origen animal, con el objetivo de llegar a un mundo vegano. No queremos imponerlo, y somos conscientes de que no llegará ni a corto ni a medio plazo. Lo que observamos es que las normativas europeas tratan de hacer más presentable ante la sociedad la explotación de los animales que se da en las granjas, a través de la ampliación del espacio disponible o de la mejora de los métodos de transporte y sacrificio. Nosotros, en lo inmediato, proponemos medidas más contundentes como que haya circuitos cerrados de televisión en los mataderos, o que se trabaje más en la formación de ganaderos y personas que tienen contacto con animales de granja. Por ejemplo, hace poco probamos un nuevo método de traslado de potros. También creemos que las inspecciones deben hacerlas organismos independientes y no las propias administraciones que elaboran las normativas, porque eso rebaja la calidad de los controles, y que las sanciones disuasorias deben ser más efectivas. Luego está el hecho de que las normativas vienen de Europa pero las aplican los gobiernos centrales y autonómicos de cada estado, y lo hacen de forma relajada o con demora».

Revista AFRIGA — Cara a cara: ganadería vs. animalismo

Rubén cita el Eurobarómetro de 2014, en el que sube el número de personas que están dispuestas a pagar más por productos en los que el bienestar animal esté certificado. Considera que pueden ser pequeños pasos positivos hacia sus metas, porque no olvidemos que existen otras organizaciones mucho más belicosas, que pretenden abolir ya y por la brava la ganadería y el consumo de productos de origen animal. También asegura que el consumo de carne y de productos de origen animal se está disparando, y más con la creciente demanda de China e India, por eso augura un aumento a corto plazo de las explotaciones de carácter intensivo.

Manuel reconoce que el actual marco de mercado ha llevado a que la producción láctea se haya intensificado algo más de lo deseable, pero insiste en que se puede corregir mediante la ordenación del territorio. Preguntado por Rubén sobre si la industria aceptaría una «producción más pausada», Moure responde que «las industrias no quieren más leche que la que necesitan, la que puedan colocar y vender. No les interesa almacenar, salvo en momentos puntuales de caída de precios. Con las cuotas había una cierta regulación, pero ahora todo se ha liberalizado y el mensaje es “produce todo lo que puedas vender y, si te arruinas, es tu problema”».

En lo que sí hay coincidencia es en que la calidad aún es cara. Las buenas prácticas, tanto con los animales como con el medio ambiente, permiten producir alimentos más saludables y sabrosos, pero también más costosos. Y desde la crisis del 2008, poca gente en Europa puede comer sano toda la semana.


—ARTÍCULO COMPLETO DISPONIBLE EN AFRIGA #136—

En el artículo completo, Rubén y Manuel debaten sobre aspectos como la supresión de la ganadería, el consumo de leche y derivados, la influencia de las campañas publicitarias o las bebidas vegetales.


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