- Granizo y lluvias extremas dañan más de 120.000 hectáreas en todo el país, dejando al campo rural al borde de pérdidas millonarias.
El granizo arrasa y el seguro no alcanza: el campo exige respuestas
Las tormentas que han azotado el país en mayo no solo han dejado campos devastados, sino también un mensaje claro desde el mundo rural: los seguros agrarios no dan abasto y urge una respuesta coordinada. La Unión de Pequeños Agricultores (UPA) ha solicitado la convocatoria urgente de la Mesa de Adversidades Climáticas, tras constatar que los daños reales superan con creces las cifras oficiales de Agroseguro.
Un fenómeno generalizado y devastador
Gran parte de la Península ha sufrido tormentas con pedrisco de intensidad inusual, con especial virulencia en Murcia, Comunidad Valenciana, Castilla-La Mancha y Cataluña. Solo en la Región de Murcia, según UPA, se han visto afectadas más de 40.000 hectáreas, muchas con daños del 100% en frutales de hueso, viñedo y almendro. En zonas como Jumilla o Yecla, las piedras de granizo alcanzaron los 15 centímetros de espesor, destrozando no solo la cosecha actual, sino comprometiendo ya la de 2026 por daños en madera.
En la Comunidad Valenciana, comarcas como Los Serranos y La Hoya de Buñol denuncian pérdidas totales en cítricos y fruta de verano. En Aragón, Castilla-La Mancha y Cataluña el miedo es que el golpe climático termine de rematar unas campañas ya muy comprometidas por la humedad excesiva y los hongos.
Galicia: fincas impracticables y siembras bloqueadas
En la Comarca da Limia (Ourense), los agricultores siguen sin poder entrar en las fincas. Las persistentes lluvias han dejado parcelas anegadas y con serios retrasos en las campañas de patata y cereal. En muchas explotaciones no se ha podido ni preparar la tierra. También se retrasa el maíz forrajero en zonas como Deza, con un primer corte de hierba de baja calidad, ensilado entre borrascas. La incertidumbre sobre qué se podrá cultivar de aquí al verano complica el cumplimiento de la PAC y podría conllevar penalizaciones, salvo que se flexibilicen los requisitos de diversificación.

El seguro, otro frente abierto
La diferencia entre los datos de Agroseguro (80.000 hectáreas afectadas) y los de UPA (más de 120.000) pone de relieve un problema crónico: el infraseguro del campo. En cultivos como el olivar (13 % asegurado), frutos secos (32 %) o cereza (45 %), los agricultores denuncian coberturas insuficientes y condiciones que no se adaptan ni al cultivo ni a su realidad económica.
Esta brecha se agrava con el cambio climático, que está convirtiendo los fenómenos extremos en norma. Desde UPA exigen que los seguros diferencien ya entre “siniestros normales” y los derivados del calentamiento global. Y lo que es más urgente: que se adapten a los márgenes y necesidades reales de las explotaciones, especialmente en sectores de bajo rendimiento o fuerte caída de rentabilidad.
El rural, al límite: producción, estructura y futuro en juego
Las tormentas no solo arrasan cosechas. Ponen en jaque la estructura económica de muchas comarcas rurales. Cooperativas sin producto, fincas que no podrán generar ingresos hasta dentro de dos años, maquinaria parada y explotaciones familiares que deben sostenerse sin producción ni ayudas específicas inmediatas.
Jesús Cózar, secretario general de UPA en Andalucía, alerta de un escenario en el que muchas explotaciones directamente no podrán seguir si el nivel de apoyo y cobertura no cambia: “Muchos agricultores solo sobreviven por las ayudas de la PAC, y ni siquiera eso es suficiente cuando pierden dos campañas seguidas”.
¿Y ahora qué?
Con la PAC en plena revisión presupuestaria y con nuevas exigencias de sostenibilidad encima de la mesa, la falta de un sistema ágil y eficaz ante adversidades climáticas deja al sector expuesto y sin herramientas. Las consecuencias no afectan solo al agricultor: comprometen la seguridad alimentaria, la estabilidad de los mercados locales y el tejido rural.
UPA insiste: o se actúa ya con un seguro agrario más justo y eficaz, o el campo quedará desprotegido ante un clima cada vez más violento y una PAC cada vez más exigente. Mientras tanto, desde el rural, se multiplica una pregunta: ¿quién va a sembrar cuando ya nadie pueda cosechar?


