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«Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar»
Ana Vila Portomeñe | Granja de Ana, Lugo

marzo 27, 2018
Desde 1997, Ana es la titular de una explotación heredada de sus padres. Ella y Heriberto, su marido, atienden una granja en la que el pastoreo es la base del trabajo y que, por dimensión, métodos y volumen, representa un modelo cada vez menos habitual. Aún así lo defiende a capa y espada, convencida de que la mejor manera de vivir en el campo es respetar la naturaleza y ofrecer un producto de alta calidad. Asegura que siempre cuenta con la inestimable ayuda de su gato Wilson, y que uno de sus mayores placeres es escribir poesía. No nos sorprende: hablando con ella sale a relucir una profunda sensibilidad, patente no solo en su forma de enfocar temas graves, sino en su manera de apreciar el valor de las pequeñas cosas. Ana es como su granja, abarcable, sencilla y honesta, un modelo poco frecuente que nos invita a replantearnos muchas cosas que damos por supuestas.

Fotos: Jose Santiso


Un recorrido— Aprender, explorar y regresar a los orígenes

Ya de pequeña estaba muy vinculada al campo. Mi padre siempre me animó a estudiar: decía que la tierra siempre sería una opción, pero que era necesario explorar todas las oportunidades. Y además de inculcarme el estudio, se preocupó por que aprendiese todas las labores del campo. Me enseñó a cavar montes, a limpiar el contorno de las fincas, a sembrar la huerta, a usar la guadaña e, incluso, a preparar medeiros, grupos de brazadas de trigo.

De joven me formé para trabajar de administrativa. Los estudios me sirvieron para encontrar empleo en una empresa de materiales de construcción, en la que me encargaba tanto de la oficina como de cargar cajas o de usar máquinas. Así pasé más de diez años, en los que nunca dejé de ayudar en casa con las vacas, especialmente los fines de semana que tenía libres.

Luego me casé y, durante un año, ambos compaginamos nuestros respectivos trabajos con la explotación. Finalmente decidimos quedarnos solo con las vacas, en parte porque nuestros padres se hacían mayores, y así hasta hoy. Llevo aquí muchos años, y ya no creo que mereciese la pena abandonarlo.

No digo que esto sea el paraíso, pero es importante saber apreciar lo que tenemos. Aquí cada día es una experiencia y siempre surge algo nuevo.

Una filosofía— Trabajar para vivir, no vivir para trabajar

El trabajo no nos agobia porque nos esforzamos para que no nos agobie. Aplicamos el viejo dicho de que hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar, aunque lo cierto es que, hoy en día, poca gente se guía por él. A nuestro hijo Brais siempre le recordamos que, aunque el trabajo es muy importante, el objetivo no debe ser hacerse rico a toda costa.

No digo que esto sea el paraíso, pero es importante saber apreciar lo que tenemos. A veces pienso que a las vacas solo les falta hablar, de lo mucho que aprendo y disfruto con ellas. Aquí cada día es una experiencia y siempre surge algo nuevo.

Ana Vila Portomeñe: Granja De Ana, Taboada (Lugo)

En otro empleo tal vez podría disfrutar de vacaciones o percibir un salario mucho mayor, pero aquí me encuentro en un entorno familiar y rodeada de naturaleza. No vivo sujeta a un horario impuesto por otros, y nadie condiciona mi trabajo. La libertad que se siente cuando pastoreas con las vacas nunca la experimentarías en una oficina, una tienda o una fábrica.

El pastoreo es una actividad que puede resultar muy gratificante. Años atrás éramos varios los que acompañábamos a las vacas al prado, y me encantaba escuchar la radio que llevaban otros ganaderos. Actualmente ya solo pastoreamos nosotros, y sigo aprovechando este tiempo para leer un libro o escribir mis poemas. También puedo salir con mi labor de ganchillo o con una hoz para mantener limpio el perímetro de los prados. Lo que nunca me falta es una manzana o una patata para dársela a las vacas.

Una jornada— Tareas y responsabilidades

Empiezo el día a las 7:30 de la mañana, cuando realizamos el primer ordeño a las veintiuna vacas que tenemos en producción. Utilizamos un sistema de circuito de cuatro puntos, y esta tarea nos ocupa alrededor de una hora y media.

Después suelo bajar hasta Taboada a realizar trámites o hacer alguna compra, y a las 11:00 saco a las vacas a los prados, donde pastan entre tres y cinco horas, dependiendo del clima y la época del año. La finca más lejana se encuentra a un kilómetro y medio del establo, pero nuestros animales están habituados a andar, así que no tardan más de diez minutos en cubrir esta distancia. También damos hierba verde a las novillas antes de que vayan a los prados, para que se habitúen.

Cuando las vacas regresan al establo las dejamos reposar, antes de realizar el segundo ordeño a las 20:30 horas. Al terminar, les repartimos un poco de silo de hierba para pasar la noche y, con esto, ponemos punto final a la jornada.

Somos una empresa familiar y, como tal, compartimos responsabilidades y tareas. Tanto el ordeño como el pastoreo u otros trabajos diarios podemos realizarlos indistintamente mi marido o yo, e incluso en muchas ocasiones los dos juntos. Lo mismo sucede con los trabajos estacionales que requieren maquinaria: no suelo manejarla pero, a excepción de la rotativa, estoy capacitada para hacerlo.

La parte administrativa de la empresa sí es una responsabilidad que recae exclusivamente sobre mí, porque soy la titular de la explotación y los documentos llevan mi firma. Además, por mi anterior empleo, estoy habituada al papeleo y los trámites. Por suerte en esta zona disponemos de una buena cobertura de Internet, lo que facilita muchas tareas relacionadas con este ámbito. Pero al margen de esto, en la práctica, ambos compartimos el mismo grado de responsabilidad: los dos atendemos a las vacas y hacemos el trabajo que toca en cada momento.

Un consejo— No te agobies: si quieres llegar a todo, no llegas a nada

Aparte del trabajo en la granja, me encargo de todo lo relacionado con la casa: fregar, lavar, planchar, etc. Mi suegra y mi madre me ayudan, en la medida en que su edad se lo permite, al igual que mi marido cuando es necesario. También practico la albañilería —pequeñas obras de servicio o decoración— y procuro tener la huerta siempre lista y produciendo.

No siempre es fácil compaginar el trabajo en la explotación con las tareas del hogar, aunque imagino que esto le pasa a todo el mundo. Lo fundamental es no agobiarse: si quieres llegar a todo, no llegas a nada. Personalmente no me supone ninguna carga ocuparme de la casa y de la granja. Es cierto que, cuando enfermó mi padre y tuve que cuidarlo, el esfuerzo físico acabó provocándome una hernia, pero por suerte ya la estoy superando.

Nos vemos un poco atados por el trabajo, como en todas las ganaderías lácteas, aunque siempre procuramos sacar algo de tiempo para nosotros. En el caso de que tengamos que acudir a una fiesta, por ejemplo, un vecino viene a echar una mano en nuestra ausencia. Las horas libres suelo aprovecharlas para ir a la piscina, llevar a mi hijo a los ensayos de la banda —donde toca el trombón— o dormir una siesta, aunque fundamentalmente me dedico a escribir poesía. Siempre me había gustado, pero fue a raíz de la enfermedad de mi padre, pasando muchas horas a su lado, cuando decidí tomármelo en serio y publicarlas. Ojo: esto no significa que se trate de poemas tristes.


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