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viernes, diciembre 5, 2025

Las cicatrices del fuego: el río Navéa arrastra las secuelas de los incendios * Las lluvias en Ourense arrastran las cenizas de los incendios del verano hacia el embalse de Chandrexa, contaminando el río Navéa y su entorno natural protegido. Las intensas lluvias caídas esta semana en Ourense han devuelto a la actualidad una de las heridas más profundas que deja el fuego en el territorio rural gallego. En la desembocadura del río Navéa, dentro del embalse de Chandrexa de Queixa, las aguas se tiñeron de negro, arrastrando las cenizas de los montes calcinados el pasado verano. Lo que parece lava de un volcán es, en realidad, la huella silenciosa de los incendios forestales. El fuego se apaga, pero la contaminación permanece El fenómeno no es nuevo: cada otoño, tras los grandes incendios, las lluvias intensas arrastran hacia los ríos los restos del monte quemado —cenizas, tierra erosionada, metales pesados y materia orgánica— que acaban en embalses, regatos y cauces naturales. Según técnicos medioambientales, estas corrientes alteran el equilibrio químico del agua y provocan un aumento de su acidez y turbidez, afectando a peces, anfibios y microorganismos esenciales para la biodiversidad fluvial. En el caso del Navéa, uno de los afluentes más emblemáticos del Sil, la contaminación se concentra en una zona incluida dentro de la Red Natura 2000, un espacio teóricamente protegido por su valor ecológico. Sin embargo, las imágenes difundidas muestran una realidad que contradice esa etiqueta de “protección”: un ecosistema que intenta sobrevivir bajo una capa espesa de ceniza. Un impacto que va más allá del paisaje El arrastre de materiales tras los incendios no solo afecta a la fauna acuática. Las partículas contaminantes acaban llegando a los embalses que abastecen a pueblos y aldeas del entorno, comprometiendo la calidad del agua de consumo humano. Además, el suelo desnudo y sin vegetación pierde su capacidad de retener el agua, agravando los riesgos de erosión y de nuevos deslizamientos con cada temporal. ¿Quién amenaza realmente la biodiversidad? La paradoja es evidente: mientras la ganadería extensiva es señalada a menudo como responsable del deterioro ambiental, la realidad muestra que el abandono del monte y la falta de gestión forestal están detrás de muchos de estos desastres. Los ganaderos y silvopastores, con su presencia en el territorio, ayudan a mantener cortafuegos naturales y a reducir la carga vegetal que alimenta los incendios. Sin embargo, el despoblamiento rural y las limitaciones normativas dificultan cada vez más esta labor de prevención. El silencio tras las llamas Cuando las cámaras se apagan y los titulares desaparecen, el problema permanece. Las aguas negras del Navéa son el recordatorio de que los incendios no terminan cuando se apaga el último foco: continúan, invisibles, en forma de contaminación y pérdida de vida en ríos y embalses. El fuego deja de arder, pero sigue quemando la tierra gallega desde dentro.

  • Las lluvias en Ourense arrastran las cenizas de los incendios del verano hacia el embalse de Chandrexa, contaminando el río Navéa y su entorno natural protegido.

Las intensas lluvias caídas esta semana en Ourense han devuelto a la actualidad una de las heridas más profundas que deja el fuego en el territorio rural gallego. En la desembocadura del río Navéa, dentro del embalse de Chandrexa de Queixa, las aguas se tiñeron de negro, arrastrando las cenizas de los montes calcinados el pasado verano. Lo que parece lava de un volcán es, en realidad, la huella silenciosa de los incendios forestales.

El fuego se apaga, pero la contaminación permanece

El fenómeno no es nuevo: cada otoño, tras los grandes incendios, las lluvias intensas arrastran hacia los ríos los restos del monte quemado —cenizas, tierra erosionada, metales pesados y materia orgánica— que acaban en embalses, regatos y cauces naturales.

Según técnicos medioambientales, estas corrientes alteran el equilibrio químico del agua y provocan un aumento de su acidez y turbidez, afectando a peces, anfibios y microorganismos esenciales para la biodiversidad fluvial.

En el caso del Navéa, uno de los afluentes más emblemáticos del Sil, la contaminación se concentra en una zona incluida dentro de la Red Natura 2000, un espacio teóricamente protegido por su valor ecológico. Sin embargo, las imágenes difundidas muestran una realidad que contradice esa etiqueta de “protección”: un ecosistema que intenta sobrevivir bajo una capa espesa de ceniza.

Un impacto que va más allá del paisaje

El arrastre de materiales tras los incendios no solo afecta a la fauna acuática. Las partículas contaminantes acaban llegando a los embalses que abastecen a pueblos y aldeas del entorno, comprometiendo la calidad del agua de consumo humano.

Además, el suelo desnudo y sin vegetación pierde su capacidad de retener el agua, agravando los riesgos de erosión y de nuevos deslizamientos con cada temporal.

¿Quién amenaza realmente la biodiversidad?

La paradoja es evidente: mientras la ganadería extensiva es señalada a menudo como responsable del deterioro ambiental, la realidad muestra que el abandono del monte y la falta de gestión forestal están detrás de muchos de estos desastres.

Los ganaderos y silvopastores, con su presencia en el territorio, ayudan a mantener cortafuegos naturales y a reducir la carga vegetal que alimenta los incendios.

Sin embargo, el despoblamiento rural y las limitaciones normativas dificultan cada vez más esta labor de prevención.

El silencio tras las llamas

Cuando las cámaras se apagan y los titulares desaparecen, el problema permanece. Las aguas negras del Navéa son el recordatorio de que los incendios no terminan cuando se apaga el último foco: continúan, invisibles, en forma de contaminación y pérdida de vida en ríos y embalses.

El fuego deja de arder, pero sigue quemando la tierra gallega desde dentro.

Las cicatrices del fuego: el río Navéa arrastra las secuelas de los incendios

  • Las lluvias en Ourense arrastran las cenizas de los incendios del verano hacia el embalse de Chandrexa, contaminando el río Navéa y su entorno natural protegido.

Las intensas lluvias caídas esta semana en Ourense han devuelto a la actualidad una de las heridas más profundas que deja el fuego en el territorio rural gallego. En la desembocadura del río Navéa, dentro del embalse de Chandrexa de Queixa, las aguas se tiñeron de negro, arrastrando las cenizas de los montes calcinados el pasado verano. Lo que parece lava de un volcán es, en realidad, la huella silenciosa de los incendios forestales.

El fuego se apaga, pero la contaminación permanece

El fenómeno no es nuevo: cada otoño, tras los grandes incendios, las lluvias intensas arrastran hacia los ríos los restos del monte quemado —cenizas, tierra erosionada, metales pesados y materia orgánica— que acaban en embalses, regatos y cauces naturales.

Según técnicos medioambientales, estas corrientes alteran el equilibrio químico del agua y provocan un aumento de su acidez y turbidez, afectando a peces, anfibios y microorganismos esenciales para la biodiversidad fluvial.

En el caso del Navéa, uno de los afluentes más emblemáticos del Sil, la contaminación se concentra en una zona incluida dentro de la Red Natura 2000, un espacio teóricamente protegido por su valor ecológico. Sin embargo, las imágenes difundidas muestran una realidad que contradice esa etiqueta de “protección”: un ecosistema que intenta sobrevivir bajo una capa espesa de ceniza.

Un impacto que va más allá del paisaje

El arrastre de materiales tras los incendios no solo afecta a la fauna acuática. Las partículas contaminantes acaban llegando a los embalses que abastecen a pueblos y aldeas del entorno, comprometiendo la calidad del agua de consumo humano.

Además, el suelo desnudo y sin vegetación pierde su capacidad de retener el agua, agravando los riesgos de erosión y de nuevos deslizamientos con cada temporal.

¿Quién amenaza realmente la biodiversidad?

La paradoja es evidente: mientras la ganadería extensiva es señalada a menudo como responsable del deterioro ambiental, la realidad muestra que el abandono del monte y la falta de gestión forestal están detrás de muchos de estos desastres.

Los ganaderos y silvopastores, con su presencia en el territorio, ayudan a mantener cortafuegos naturales y a reducir la carga vegetal que alimenta los incendios.

Sin embargo, el despoblamiento rural y las limitaciones normativas dificultan cada vez más esta labor de prevención.

El silencio tras las llamas

Cuando las cámaras se apagan y los titulares desaparecen, el problema permanece. Las aguas negras del Navéa son el recordatorio de que los incendios no terminan cuando se apaga el último foco: continúan, invisibles, en forma de contaminación y pérdida de vida en ríos y embalses.

El fuego deja de arder, pero sigue quemando la tierra gallega desde dentro.

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