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«Una vida dedicada a las vacas»
Ester Cabana Pérez

junio 25, 2019

En el momento en que tuvo uso de razón, Ester Cabana Pérez (Pacios, Castro de Rei, Lugo, 1947) supo que su vida iba a estar dedicada a la ganadería. Es una de esas personas cuya experiencia vital va paralela al surgimiento y desarrollo del sector lácteo en Galicia. Desde el ordeño manual en cubos, a la llegada de los robots; desde las vacas rubias del país a las frisonas de alta genética; desde la bonanza de precios a las tractoradas; desde los establos para nueve vacas a las grandes naves de hormigón; desde la hierba y la maleza a las raciones calibradas…de todos y cada uno de los momentos clave por los que pasó el lácteo gallego, Ester fue testigo y parte. Y siempre pegada a la casa y la granja que la vieron nacer.

Por eso, por su experiencia, en Revista Afriga hemos querido hablar con ella para conocer sus recuerdos, sus opiniones, su trabajo de décadas y también su visión del futuro de un sector al que está indisolublemente unida.

Los comienzos

Ester vino al mundo a pocos metros de lo que hoy es SAT A Vereda, la explotación de la que su hijo Manuel es socio y que surgió de la fusión de la granja familiar con otras de la zona. Ya con muy pocos años compaginaba la asistencia a la escuela unitaria de la parroquia con el cuidado de las tres o cuatro vacas de raza rubia que criaba su familia.

 

Recuerdo que, al principio, siendo yo muy niña, se llevaba la leche a una casa de aquí cerca donde la recogían. Y luego mi padre empezó a recoger la nuestra y la de otras casas con una bicicleta en la que cargaba dos bidones gracias a un portaequipajes que montó él mismo. ¡Ya ves la cantidad que podía recoger! En esa bicicleta, que tenía un cuadro metálico tan grande como pesado, aprendí yo a andar también. Aquella leche con la que se llenaban varias veces los bidones cada día se llevaba a un punto de recogida y un camión la transportaba a Lugo.
Aunque no sabíamos muy bien a quién se le entregaba ni para qué la usaban.

Revista AFRIGA — Entrevista — Ester Cabana | UNA VIDAD DEDICADA A LAS VACASAsí transcurrió la infancia de Ester, entre vacas y libros, hasta que una visita a la feria de la localidad de Meira, a unos 13 kilómetros que en aquella época había que hacer a pie y por caminos de extrema dificultad, cambiaría su vida. Y para bien.

“Aquel día, tendría yo unos quince años, fui andando con mi padre a la feria. Creo que nunca pasé tanta vergüenza. Se empeñó en comprar una vaca que daba grima mirarla de lo delgada que se la veía ¡Y eso que estaba preñada! Pero ni ubre tenía la pobre. Era un animal ya diferente de los de aquí, con un color casi negro y que seguramente era uno de los primeros cruces de vacas que hubo por la zona. Su aspecto era el peor de toda la feria. Pero mi padre se había criado en una casa en la que siempre hubo vacas y tenía buen ojo para los animales. Estaba convencido de que aquella vaquita, con buena alimentación y cuidados, podría ser una gran productora de leche. Recuerdo que la forma y tamaño de las venas que tenía por debajo del estómago fue lo que acabó de convencerlo. Dijo que era un indicador muy positivo.

El caso es que regresamos para casa andando con la vaca y a la salida de Meira nos encontramos con mis primas, que entonces empezaban a pasear con los novios. ¡Les dio tanta vergüenza vernos con aquel animal que ni nos saludaron! Y después fueron a contarles a mis tíos que todo el mundo se quedaba alucinado al vernos pasar con aquella pobre vaca, como así fue.

Yo no sé quién había tenido ese animal antes que nosotros, pero estaba claro que no la alimentaba. En cuanto llegamos a casa se puso a pastar en la hierba y no había forma de sacarla del prado.
Al cabo de dos días de comer de forma adecuada ya se empezó a percibir que mi padre no se había equivocado y que la vaca solo necesitaba un buen manejo para convertirse en un gran animal. Como estaba a punto de parir, compramos harina y pulpa de remolacha para mejorarle la ración y le sentaron de maravilla. Aquella fue una de las primeras grandes productoras que hubo en una zona tan lechera como esta. ¡Ya en aquella época llegó a darnos 30 litros de leche diarios!
Algo que parecía impensable entonces. Mi padre decía que fue el primer animal que empezó a traer pan a casa.”

Y es que las vacas del país producían poca leche y solo generaban ingresos a través de sus terneros, que se vendían para carne después de cebarlos durante nueve meses. Por eso, en casa de los Cabana ya intuyeron que el futuro pasaba por los ingresos diarios que generaba la venta de leche y que cuanta más produjesen las vacas, poco importaba su aspecto.
Ester afirma que la experiencia con aquel famélico animal fue decisiva para el desarrollo de lo que luego llegó a ser la granja de la familia.

“Las hijas de aquella primera gran productora también resultaron ser grandes vacas y nuestra cantidad de leche diaria empezó a aumentar progresivamente. Como la genética era buena y los cruces salieron bien, llegamos a tener más de treinta vacas –entre productoras y terneras- lo que en aquella época era una locura. Por eso, yo cada vez trabajaba más en casa. Lo hacía encantada. Eso fue cando tenía 20 años o un poco más.

Hay que tener en cuenta que todo aquello se hizo a base de trabajo, tesón e intuición porque en aquel entonces no había nadie que nos asesorase en nada. El sector lácteo no existía y las cosas iban saliendo a base de insistir. Las jornadas formativas de las Cámaras Agrarias y las visitas de los técnicos de Extensión Agraria llegaron mucho más tarde.”

Mentalidad de cambio

Uno de los cambios más importantes, por causa del aumento de la producción en la granja de la familia de Ester y en otras de la zona, se dio en el sistema de recogida.
Las incipientes industrias lácteas empezaron a desplazar camiones cargados con bidones hasta las explotaciones para recoger la leche in situ. Es decir, los ganaderos ya no tenían que transportar la leche ellos mismos o buscar quien la transportara.

Eso permitió dedicar más tiempo a las vacas, los establos y los cultivos y, por tanto, avanzar en la profesionalización del sector.
Pero la modernización tardó en llegar a otros apartados como el ordeño…

“Durante muchos años estuve ordeñando a mano. Y se me daba bastante bien. Me sentaba en una banqueta pequeña con la medida ideal para tener las manos a la altura de las ubres y tenía bastante facilidad para que las vacas soltasen la leche. Pero, claro, aquello me provocó los primeros problemas en la columna. Había que hacerlo así porque no teníamos otra manera.

Después pudimos comprar una ordeñadora, pero no como las que hay ahora. Teníamos el equipo, pero fue mi marido –para entonces ya estaba casada- el que se hizo con un motor para acoplar tanto a la segadora como a la ordeñadora. Él trabajaba en un taller de por aquí y era muy mañoso para esas cosas.
En aquella época había mucha más gente en las parroquias, muchísimas más casas con vacas en ordeño y, además, teníamos una relación diaria con los vecinos. Por eso todos íbamos aprendiendo unos de los otros pequeños trucos y técnicas para ser más eficaces en la producción de leche.”

Aparte de los problemas de espalda, Ester nunca tuvo contratiempos con las vacas. Jamás le dieron una patada o se mostraron agresivas con ella.

“Solo recuerdo el caso de una vaca, que precisamente también habíamos comprado en Meira y a una ganadería de cierto renombre, a la que no pudimos ni arrimarnos. El animal había parido pocos días antes de llegar a nuestra granja y además era primeriza. Se veía que era una res muy válida, con gran porte y mucha ubre. Ya cuando la compramos vimos que ni su propia dueña se podía acercar a ella, pero a mi padre le gustaba tanto que no hubo forma de sacársela de la cabeza. Total, que al cabo de uno o dos días tuvimos que devolverla de lo brava que era. Por suerte, habíamos acordado que se desharía el trato si el animal no servía.”

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Ester Cabana con alguno de los terneros que vendió para sacarse el carnet de conducir

La familia de Ester fue de las primeras en realizar una primitiva selección genética del ganado. Quedándose siempre con las terneras que mejores condiciones apuntaban y evitando en la medida de lo posible la consanguinidad.
“Después fue cuando llegaron los veterinarios con las nuevas técnicas de inseminación y nunca nos importó invertir en las dosis que se consideraban de más calidad. Respecto a eso, recuerdo algo que a los jóvenes no les sonará demasiado pero que aún se puede ver en muchos sitios: los potros de inseminación. Eran una especie de casetas rudimentarias construidas casi siempre al lado de cruces de caminos o en lugares céntricos a las que acudíamos con el ganado para que el veterinario las inseminara allí. Las vacas se ataban a unos hierros que había fijados al suelo. Iban ganaderos de toda la parroquia con sus vacas en celo y a veces había que hacer bastante cola. Aquello no duró mucho porque resultaba bastante más lógico que los veterinarios se desplazasen a las explotaciones, pero todos lo recordamos porque fue algo muy novedoso en su día. Los potros también dejaron de utilizarse porque las cabañas crecieron cada vez más y en algunas casas se contaba con uno y hasta dos toros.”

También en la granja de Ester utilizaron durante un tiempo dos toros para las inseminaciones.
Aunque no duraron mucho, la mujer guarda un grato recuerdo de ellos. “Eran muy mansos y dieron un gran rendimiento. Yo prefería trabajar con ellos antes que con las vacas. Los teníamos anillados por precaución y para el manejo, pero siempre fueron animales muy agradecidos. Aún me acuerdo de que los sacaba de su zona del establo y los llevaba hasta una manga que teníamos en el exterior de la cuadra y en la que amarrábamos a las vacas para la monta. Pues, la verdad, nunca nos dieron el más mínimo problema ni se les vio ningún gesto agresivo.”
Ester rememora con nostalgia los tiempos en los que la leche resultaba rentable y no había que medir cada céntimo que entraba o salía de la explotación.

No existía el sistema de cuotas o los contratos que hay ahora

Revista AFRIGA — Entrevista — Ester Cabana | UNA VIDAD DEDICADA A LAS VACAS“No existía el sistema de cuotas o los contratos que hay ahora. Nuestra principal preocupación era que las vacas estuvieran bien alimentadas y cuidadas para que produjeran el máximo de leche posible. Ni siquiera recuerdo los precios exactos, aunque sí que fue una época en la que se trabajaba mucho, pero se ganaba bastante dinero. El representante de Besnier (hoy Lactalis) de la fábrica de Vilalba venía de vez en cuando y se cerraba el trato en pocos minutos.
Después nosotros íbamos todos los meses a la fábrica a cobrar en metálico por la leche servida. Digo nosotros porque íbamos juntos todos los vecinos de la zona. Yo primero acompañaba a mi padre, pero luego ya iba sola porque fui una de las primeras –si no la primera mujer- que tuvo carnet de conducir por aquí. Yo me lo pude sacar y pagar gracias a la venta de unos terneros.
Luego ya se empezó con la compra de piensos, de vacas de alta calidad, de forrajes… era imprescindible para modernizarnos. Obviamente, el trabajo cambió ya que tuvimos que combinar la labor estricta de ganaderos con la gestión económica.”

Hoy en día prácticamente todas las ganaderías trabajan con créditos. Bien para la compra de maquinaria, de piensos, de animales…y es habitual que esos créditos se vinculen a las ayudas de la PAC. Sin embargo, cuando Ester empezó a trabajar en la ganadería familiar las cosas se hacían de otra forma. Lo habitual era que no se comprara nada hasta que se reuniera el dinero para pagarlo. Ya fuera una vaca o una bala de paja. En casa de la familia Cabana también fueron pioneros en trabajar a crédito o al menos en no temer al endeudamiento por la confianza en que el trabajo bien hecho permitiría afrontarlo. “Nosotros siempre íbamos haciendo las cosas, aunque no tuviéramos el dinero. Porque sabíamos que llegaría. Mi recuerdo es que casi toda la vida estábamos debiendo dinero, pero también que no hubo una sola ocasión en que no pagáramos en el plazo acordado. Mi padre era muy estricto con eso y me inculcó a mí la misma forma de actuar: hasta que se pagaban las deudas, no se podía destinar el dinero que se ganaba a ninguna otra cosa. Aún lo estoy viendo en el hospital ya muy enfermo y siempre preguntándome si habíamos pagado a tal o cual proveedor.” Espíritu emprendedor, pues, pero con cabeza. “Es cierto que nos arriesgábamos al comprar elementos para la explotación o emprender proyectos, pero siempre eran cosas que realmente necesitábamos para seguir mejorando y que nunca estaban por encima de nuestras posibilidades. Por ejemplo, hay un prado cerca de nuestra casa que siempre quise comprar, pero nunca lo hice porque hubiera alterado nuestro presupuesto. Y, lo que son las cosas, mi padre acabó siendo avalista de la persona que lo compró.”

La financiación a través de los bancos no es tan fácil ahora como lo era antes de la crisis de 2008. Pero aún era más difícil cuando Ester comenzó a tener protagonismo en la explotación. La creación de lo que hoy es la Caixa Rural Galega en 1966 supuso una inyección financiera que el sector pudo aprovechar. Eso y las subvenciones a fondo perdido que concedía el Ministerio de Agricultura.

Con el despegue de las explotaciones, con su crecimiento en tamaño y volumen, llegó la hora de introducir cambios. Uno de ellos se produjo en el cultivo de forrajes. Cuando Ester comenzó, el maíz era un cultivo residual –se utilizaba para hacer pan considerado de baja calidad- y hoy es la base de la alimentación en la mayoría de granjas. “Al principio algunos sembraban maíz.
Media hectárea como mucho y ensilado a mano. Con el tiempo fuimos viendo que el cereal se daba bien en esta zona. Luego, un vecino de por aquí trajo una máquina de las de picar trigo y la adaptó para el maíz. Aunque había que meter planta por planta para que lo fuese reduciendo. Con eso decidimos hacer un silo de dos paredes pegado a nuestra casa.
Silo que empezamos pisando nosotros mismos. Al ver que el maíz daba un buen rendimiento y las vacas estaban encantadas con él, ya se fue incrementando la producción cada año. Pero no fue ni fácil ni rápido.”

Revista AFRIGA — Entrevista — Ester Cabana | UNA VIDAD DEDICADA A LAS VACASEn la actualidad, las visitas de los veterinarios son casi diarias en las granjas. O vienen a inseminar, o a dar un tratamiento o a vender algún producto. Pero antes no era así. Sencillamente porque no había veterinarios disponibles. “Aquí teníamos a José Ramón, que era lo que se conoce como albéitar. No había estudiado Veterinaria, pero conocía muy bien a los animales y nos sacaba de muchos apuros porque conocía los remedios adecuados en cada momento.
Todos los vecinos le teníamos mucho aprecio. Y, además, no era temerario ni presuntuoso; si veía que un parto se complicaba o una enfermedad le resultaba desconocida, él mismo se encargaba de dar aviso para que localizaran a un Veterinario profesional. Los veterinarios tenían plena confianza en él y sabían que si los llamaba era porque había un problema de verdad.

A medida que fueron creciendo las granjas, comenzaron a aumentar los veterinarios. El mismo que venía a inseminar en los potros pasaba después a ver los rebaños.
Y la creación de la Facultad de Veterinaria en Lugo (en 1984) fue de gran ayuda para que el sector se modernizase. Es curioso ver cómo ha cambiado todo. Cuando yo era joven, jamás habíamos oído hablar de mamitis o de cetosis…y ahora ya ves.”

Los veterinarios también fueron decisivos en la introducción de la raza frisona. Primero asesoraron a las ganaderías para hacer cruces con las razas que ya había y después animaron la compra de ejemplares puros. Eso fue poco antes de que llegase el control lechero, a comienzos de los años 80. “Nosotros estábamos contentos con los animales que teníamos. Producían lo suficiente, pastaban bien, rara vez enfermaban…pero las frisonas nos daban un aumento de producción que no habíamos visto antes. De hecho, construimos un nuevo establo para acogerlas. En el anterior no estaban cómodas.
Hay que darse cuenta de que los establos estaban pegados a las casas o incluso dentro de ellas. Con las frisonas y con el aumento de las cabañas hubo que hacer muchas reformas. Nuestra primera cuadra ´profesional´ tenía espacio para 22 vacas, pero ya estaban bastante apretadas en las ´cuelleras´ (el antecedente de las cornadizas). También necesitábamos algo de espacio detrás de la casa para las terneras que quedaban para recría.”

Colaboración y aprendizaje

Ester recuerda que al principio no hubo demasiada formación ni asesoría para el manejo de las vacas frisonas y que, como en el modelo anterior, iban aprendiendo sobre la marcha y mediante el intercambio de información y experiencias con los vecinos.

La interrelación continua con los vecinos, el compartir trabajo acudiendo unos a la casa de los otros casi a diario es algo que echa de menos esta veterana ganadera.
“Entonces teníamos poca tierra para trabajar, pero mucha gente para ayudar. Hoy es totalmente al revés. Mis padres, Manuel y Esperanza, tenían varios hermanos cada uno. Cuando les tocó heredar, se dio la casualidad de que recibieron una cantidad de fincas y de terreno casi iguales y muy cercanas entre sí. Eso fue una ayuda para nosotros porque facilitaba el trabajo, pero ni nuestra granja ni las otras hubieran podido salir adelante sin aquella colaboración entre todos los vecinos.

Yo, por ejemplo, había meses enteros que los pasaba con el tractor y el autocargador recogiendo y llevando hierba a nuestra explotación y a las de los demás ganaderos. Además, colaboraba en el ensilado. No hacía otra cosa en esas semanas.
E, igual que yo, había más gente que hacía lo mismo. Eso sí, nadie cobraba nada. Era nuestro deber ayudarnos unos a otros y nadie se planteaba no hacerlo. Ahora cada explotación está sola. Para lo bueno y para lo malo.

Pionera

Ester Cabana es, y no solo por sus años de dedicación, un referente del sector. En muchos aspectos fue pionera y abrió el camino para otras mujeres ganaderas. Ella le resta importancia y asegura que hizo tantas cosas porque no le quedaba otro remedio si quería seguir siendo ganadera. Por su condición de hija única, pronto tuvo que asumir una enorme responsabilidad en la granja de la familia. También fue la primera en manejar un tractor y aún hoy es capaz de hacerlo. Y eso que todo pudo haber sido diferente: sus padres hicieron un gran esfuerzo para poder ofrecerle la oportunidad de ir a estudiar a Lugo. Finalmente pudo su amor por los animales y la necesidad de estar en el campo.

“Nunca tuve miedo de empezar a hacer cosas nuevas. Porque veía que había que hacerlas ya que el sector avanzaba muy deprisa y los cambios eran constantes. Por ejemplo, en el caso del tractor, llegó un momento en que ni con ayuda de los vecinos se podía hacer a mano todo el trabajo.
De modo que el tractor era la solución y no quedaba otra que dominarlo. El primero que tuvimos lo compramos de segunda mano –cómo no- en Meira. Era un armatoste enorme que no tenía acceso por los lados y para llegar a la cabina había que subir por la toma de fuerza. Debo decir que, como ya tenía el carnet de conducir coches desde hacía años, no me resultó muy difícil aprender a usar el tractor. No era habitual que lo usase para arar, más bien lo que hacía era cargar hierba y llevarla de un lado a otro. Hice muchísimos kilómetros con aquel tractor y con otros que tuvimos después.
También manejé un tiempo la segadora. Disfruté mucho trabajando así, pero a la larga el traqueteo del tractor por caminos que no estaban en muy buen estado se sumó a los esfuerzos que había hecho ordeñando a mano y transportando cubos cargados con veinte litros de leche y ahora tengo la espalda bastante dañada.”

Las circunstancias y la fuerza de voluntad también la convirtieron en pionera en los sistemas de ordeño. “Como dije antes, la espalda se me resentía porque cada vez había más vacas para ordeñar a mano y esos cubos había que transportarlos y vaciarlos en el bidón. Por eso trajimos aquella primera ordeñadora adaptada por mi marido. Luego ya nos pasamos al circuito, que me liberó de cargar con pesos, pero seguía teniendo que agacharme para ordeñar tantos animales. Así que decidimos instalar la sala de ordeño. Al cabo del tiempo también tuve problemas en los brazos, especialmente en un hombro, para colocar las pezoneras en la sala. En fin, las innovaciones iban sirviendo no solo para ampliar producción sino también para hacernos la tarea más cómoda. Pero tantos años de duro trabajo pasan factura al cuerpo.”

Las subastas y concursos de ganado fueron de las pocas cosas del sector lácteo con las que Ester no tuvo contacto directo. Tal vez porque llegaron cuando ella ya no estaba con las ganas necesarias para esas cosas. Aunque nos insiste en que ayudó a preparar las vacas que su hijo Manuel llevaba a concursos como la MOEXMU. “Yo me encargaba de mantener a las vacas tranquilas mientras mi hijo las preparaba o de sacarlas del establo de forma pausada. O, si no hacía eso, me ocupaba del trabajo que él no podía hacer mientras preparaba las vacas para los concursos.”

Problemas

El sector lácteo español en general y el gallego en particular han vivido momentos muy convulsos. Como es lógico, Ester estuvo presente de forma activa en cada uno de ellos. Fue el caso de las tractoradas de los años 80. “Podíamos ir a Lugo o a Meira y, habitual en nosotros, optamos por ir a Meira. En aquella época había muchísimos ganaderos, de manera que, antes de llegar al destino, ya había una cola enorme por toda la carretera y ocupando los dos carriles. Siempre participamos en las protestas del sector para estar al lado de nuestros compañeros ganaderos. No sé si sirvieron de mucho, pero al menos se respiraba unidad.”

El espinoso asunto de las cuotas lácteas impuestas en 1986 por la entrada de España en la Comunidad Económica Europea supuso un golpe para la explotación de Ester.
“Para nosotros, aquello fue una calamidad. En ese momento teníamos muchos abortos en la cabaña; vacas preñadas de seis meses que expulsaban las crías muertas. Y el veterinario decía que era normal, que esas cosas pasaban. Dos años estuvimos con ese problema. Por otro lado, nosotros dejábamos que las vacas descansasen bastante entre el parto y la siguiente inseminación para que se recuperasen bien y la siguiente lactación fuera la mejor posible. Bueno, pues el tema de las cuotas llegó justo cuando menos leche producíamos porque las que abortaban no daban leche y teníamos muchas que estaban secas en ese momento. Un desastre. Tuvimos que invertir mucho dinero para comprar cuota porque la nuestra era muy pequeña. Y, mira tú, cambiando de veterinario conseguimos acabar con los abortos. Pero ya era tarde.”

Al menos, durante sus años en la explotación, Ester no tuvo que padecer los ataques de lobos y jabalíes que actualmente suponen una auténtica ruina para los ganaderos gallegos.
En sus fincas rara vez entró a comer el jabalí y nunca tuvieron la desgracia de que el lobo les matase alguna vaca a pesar de que las tuvieron en los prados durante mucho tiempo.

La retirada

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Ester con su hijo y el resto de socios de SAT Vereda

Con el paso de los años, Ester fue cediendo el protagonismo y la responsabilidad de la explotación a su hijo Manuel. Al igual que ella, Manuel decidió dejar los estudios en Lugo para trabajar con las vacas. Pero, confiesa Ester, la de su hijo fue una vocación tardía porque de pequeño no sentía la misma devoción que ella por las vacas. En cualquier caso, con el tiempo ha demostrado tener la misma capacidad que su madre y la misma habilidad para adaptarse a las innovaciones. Fruto de esa capacidad fue la fusión de la granja de los Cabana con otras de la zona para crear la SAT A Vereda. Es tal el apego de Ester a las vacas que incluso había pensado que, si ninguno de sus hijos –Manuel y Luís- se quedaba con la granja, vendería los animales y el material y se dedicaría a la cría de vacas rubias para carne. Afortunadamente, no fue necesario.

 

Tantas horas, días, semanas, meses y años de trabajo ocuparon de tal manera a Ester que solo podía dedicarse a la ganadería, de forma que era su madre la que se ocupaba de las tareas domésticas como cocinar o lavar y de atender a los hijos de Ester. Ahora, ya retirada, la veterana ganadera repite el patrón y se dedica a cuidar a su nieto y a las labores de la casa.

Aunque estuvo como socia de SAT A Vereda durante los primeros años, Ester decidió finalmente jubilarse para descansar por fin (y eso que dedica mucho tiempo a la huerta). Pero raro es el día que no se pasa por las instalaciones de la granja para estar con los animales e intercambiar impresiones con los otros socios. “Algo que me emociona recordar es que, al poco de retirarme, venía de vez en cuando por la explotación y, al pasar por el pasillo, muchas vacas se levantaban y se acercaban a mí, como para saludarme.”

Desde que con 9 años empezó a ir subida en una yegua a acompañar a las cinco vacas del país que pastaban en el prado hasta que, ya a punto de jubilarse, colocaba pezoneras en una sala de ordeño informatizada a decenas de vacas frisonas, Ester Cabana Pérez ha sido siempre ganadera y ha servido como ejemplo para todas las generaciones que han venido detrás. Su amplia experiencia debe servir de aprendizaje. Y no solo por lo que recuerda sino también por como supo actuar y arriesgar en los momentos decisivos. En nombre de Afriga y de todo el sector, solo podemos agradecer a Ester tantos años de esfuerzo.

 


 

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