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Palabras y mugidos: el vínculo histórico entre vacas y humanos

noviembre 23, 2018
Una de las modas imperantes en esta sociedad es la de oponerse a cualquier relación con los animales que no consista exclusivamente en una actitud bucólico-estúpida, que se resume en tratarlos como objetos decorativos de lujo a los que hay que venerar y mimar, aunque arruinemos nuestra economía y nuestra inteligencia. En esa línea, algunas bandas más o menos organizadas proponen la supresión de la ganadería en general y de la bovina en particular. Pero esa aspiración de corte pseudo-religioso se da de bruces con la tozuda realidad que conllevan miles de años de convivencia y apoyo mutuo entre humanos y vacas.

Texto: David Casal
Foto: Jose Santiso


No vamos a entrar aquí a explicar los niveles de desarrollo que hemos alcanzado gracias a vacas, terneras, toros y bueyes. Tampoco cómo los bóvidos han logrado el mayor bienestar del reino animal, solo superados en lo material por los perros vestidos de Armani que viven en pisos de lujo en las ciudades. Lo que vamos a hacer es acudir a aquellas expresiones que en el lenguaje y en la cultura popular demuestran que vacas y humanos están unidos por un vínculo que jamás se podrá romper y que, aunque no guste a un puñado de urbanitas ruidosos, refleja nuestra historia y nuestro futuro.

En todo el territorio español, y nos atrevemos a decir que en el europeo, hay multitud de frases hechas, palabras propias de cada zona y dichos populares que reflejan que vacas y humanos constituyen la mejor sociedad posible en este mundo. Se dice que el perro es el mejor amigo del hombre, pero en realidad es la vaca nuestra compañera más leal, a la que más cuidamos y la que más nos ayuda. Por mucho que algunos descerebrados se empeñen en romper ese vínculo, nunca dejará de existir. Tal vez su empeño en separarnos sea una patología debida a la falta de calcio y de los demás nutrientes que aporta la leche.

Empecemos por la salud: fue el médico británico Edward Jenner quien descubrió que las mujeres que ordeñaban vacas eran inmunes a la viruela humana. Esto se debía a que, por causa del ordeño, contraían la viruela vacuna —menos intensa— y quedaban inmunizadas. Jenner descubrió que, inoculando el virus de la viruela vacuna, se eliminaba el peligro de contraer la humana. Así nacieron tanto la técnica como la propia palabra «vacuna». Por cierto, las vacunas también están en el punto de mira de algunas de las bandas urbanas antes aludidas: a lo mejor no les molestarían si se llamasen «hierbunas» o «piedrunas».

En la economía es quizá donde más se refleja la simbiosis vacas-humanos a través del lenguaje cotidiano. Todos hemos utilizado las expresiones «vacas flacas» o «vacas gordas» para referirnos a períodos en los que la economía va muy mal o muy bien, respectivamente. Y en idioma gallego es común la frase «amiguiños sí, pero a vaquiña polo que vale», para ajustar el precio o los términos de un acuerdo.

«Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, me da leche merengada, ¡ay qué vaca tan salada, tolón, tolón!», decía la letra de la canción compuesta en los años cuarenta del siglo XX por García Morcillo, y que es ya todo un clásico en las verbenas y en los discos infantiles.

Cuenta la leyenda que la batalla de las Navas de Tolosa se ganó gracias a que un antepasado del conquistador Álvar Núñez Cabeza de Vaca había marcado, con los cráneos de sus vacas muertas, el camino que debía seguir el rey de Castilla Alfonso VIII.

«Estar de mala leche» —enfadado—, «tener buena o mucha leche» —suerte—, «ser la leche» —impactar— son también expresiones que, sin duda, arrancan de un tiempo en que la vaca era el centro de la vida rural. Como también lo es el «estar como un cencerro», que indica que alguien, por ejemplo un animalista, ha perdido la cabeza. El cencerro es esa especie de campana que se pone al cuello de algunas vacas, bien para que hagan de guía de las demás, bien para encontrarlas si se extravían.

Luego están los cientos de frases en que se utilizan los derivados lácteos: «entrar como cuchillo en mantequilla» para referirse el empuje de algo o de alguien, «estar como un queso» para resaltar la belleza física, decir que «se nos ha agriado la leche» cuando se hace algo que nos molesta o trastoca nuestros planes, o la manera en que nos referimos a nuestra propia piel como «cuero», que es otra de las aportaciones de la vaca al desarrollo humano.

Pero uno de los momentos más memorables pertenece al fallecido futbolista Alfredo Di Stéfano cuando, para reclamar un juego técnico y raso, afirmó que «el balón está hecho de cuero, el cuero viene de la vaca, la vaca come hierba, así que bajen el balón a la hierba». También es común hablar de «vacas sagradas» al hacer mención a personas que ocupan un papel destacado o hasta imprescindible en diferentes organizaciones, aludiendo al hecho de que esas personas son intocables, como las vacas en la India.

Y muchos de ustedes recordarán que, cuando eran niños, todas y cada una de las vacas de casa tenían su propio nombre. Pero nombres como «Lola», «Margarita» o «Rabuda», y no los derivados de su inscripción en el libro de registro genealógico.

¿Y qué decir de la toponimia? Por toda España y Europa encontraremos localidades y accidentes geográficos cuya denominación proviene del mundo bovino. Toro en Zamora, Touro en A Coruña, Armenteira —del latín armentum, rebaño de ganado mayor— en Pontevedra, Vaqueriza —por toda España—, Majada de las Vacas en Huelva…

De la Antigüedad nos quedamos con dos manifestaciones culturales muy significativas: Apis, el dios toro de los egipcios, que simbolizaba la fertilidad y el poder del Sol, y los toros de Guisando —Ávila—, construidos por los vetones en el siglo IV antes de Cristo, que dan idea de la importancia que la ganadería tuvo para los pueblos prerrománicos de la Meseta.

Por no hablar de las expresiones extraídas de la tauromaquia y que se aplican en la vida diaria, a las que aquí haremos un «requiebro» porque, si queremos «salir a hombros» de este artículo, es mejor «ver desde la barrera» las disputas entre partidarios y detractores de las corridas de toros.

Hemos citado solo unas pocas referencias lingüísticas y culturales que demuestran la interacción humano-bovino. Hay miles de ellas, por eso les animamos a usarlas, a recordar por qué surgieron y a hacernos llegar otras que les parezcan adecuadas. Ya lo dice el cancionero argentino: «La vaca es un animal / con acabado perfecto. / Pasaron miles de años / y no ha cambiado el diseño».


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