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«No soy un veterinario al uso»
Íñigo Echanobe Arias | Veterinario Clínico

noviembre 23, 2018
Íñigo Echanobe Arias lleva quince años ejerciendo la profesión veterinaria. Forma parte del engranaje del sector ganadero y lácteo como tantos otros profesionales que, por su formación y experiencia, hacen una aportación técnica a los ganaderos para ayudarles a sacar adelante sus animales y sus granjas. Al igual que sus clientes, los veterinarios están pendientes de las ganaderías veinticuatro horas al día los trescientos sesenta y cinco días del año. No importa el momento, el lugar o las condiciones: siempre acuden a la llamada para solucionar problemas. Este bilbaíno tuvo claro que su futuro estaba en la zona rural de Asturias desde que, de niño, veraneaba con su familia en Sama —Concejo de Grau—. Afincado en Tinéu, su vocación es resultado de una mezcla entre la vocación médica y el romanticismo de la veterinaria: quería dedicarse a intentar curar animales para la gente que vive de ellos. Tras muchos años en un equipo, optó por independizarse y ha logrado hacer de su profesión un modo de vida. Nos recibe en su casa, en su día libre, con un café caliente para una fría mañana. La espectacular panorámica de la montaña asturiana enmarca una amena conversación en la que hablamos con él de mucho más que las habituales cuestiones técnicas, para conocer de primera mano su trabajo y la visión que, desde su posición, tiene del sector. Sin cortapisas.

Texto: Isa Junquera
Foto: Jose Santiso


¿Qué te llevó a ser un profesional independiente?

Trabajaba en un centro veterinario grande, con un ritmo de trabajo que aguantas dos o tres años porque te estás formando. Me fui porque me tenía que ir, en parte por circunstancias familiares: mi madre está enferma y mis hijos tienen once y ocho años, y hay que estar un poco con ellos. Cuando empecé ayudaba a otra veterinaria, y no tenía mis propios clientes sino que me fueron saliendo mientras tanto. Entonces me di cuenta de que trabajando menos, bien organizado y con un apoyo, ganaba más o menos lo mismo, así que blanco y en botella… No tengo que estar siempre atado y tengo mayor calidad de vida. Vas a trabajar con otra actitud y la gente lo nota.

¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?

Dentro de lo puramente profesional, lo que más me gusta es la obstetricia y la cirugía. En parte porque son los campos en los que tengo más experiencia y seguridad, pero también porque, al fin y al cabo, es una situación límite en la que vas a sacar una vida adelante o no, así que la satisfacción es incomparable. A veces, cuanto más abyecta sea la situación, mejor. Ahí es cuando entiendo por qué me decidí a hacer esto.

Soy el dueño absoluto de todo lo que hago, de mi tiempo. Para mí no es un trabajo, es un modo de vida.

Por otro lado, el no tener un horario establecido es, a la vez, el aspecto más negativo y el más positivo de esta profesión. Lo mejor es el hecho de no estar esperando en un lugar durante ocho horas a ver quién viene, sino que voy yo. Aprendí de mi mentor a sacar ese punto diferente de esta profesión, a apreciar que soy el dueño absoluto de todo lo que hago, de mi tiempo. Por ejemplo, aprovechar un rato libre entre avisos para darme un baño en el río si hace calor, coger setas en otoño, o hacer unas fotos. Después de eso, continúo con mis tareas más ancho que largo porque pude disfrutar de ese momento. Para mí no es un trabajo, es un modo de vida. No soy un veterinario al uso.

Nos comentas que cuentas con un apoyo, ¿cómo organizáis los turnos de trabajo?

Mi compañero Javier y yo nos apoyamos mutuamente, pero no somos socios. Ya hemos comprobado que es mejor que cada uno decida sobre lo suyo que crear una sociedad. Trabajamos en turnos de veinticuatro horas de guardia cada uno, en días alternos, de manera que cada uno tiene libre un día sí y uno no, excepto el fin de semana, que libramos dos días seguidos. Según la semana, cada uno trabaja cuatro días y libra tres, o viceversa. Es decir, el que trabaja lunes, miércoles y viernes, trabaja también el sábado y tiene libres el domingo y el lunes de la siguiente semana. Y el que trabaja los días restantes —martes, jueves y domingo—, libra lunes, miércoles, viernes y sábado. Pero todo es variable en función de necesidades personales puntuales.

¿Qué tipo de cuadras atiendes y por qué?

A riesgo de darme de bruces contra mi propio destino, las granjas de más de cincuenta animales, tanto de leche como de carne, no me interesan. Vuelvo atrás. ¿Desaparecerán las cuadras pequeñas o de subsistencia? Tal vez no, a mí me resultan más rentables. En una cuadra de más de cien vacas el ganadero te llama para una inseminación y, cuando estás allí, sin tener en cuenta que tú tienes una ruta u otros clientes, tienes que ver o tratar cuatro o cinco vacas más con cuadros clínicos diferentes. Al final es imposible cuantificar el precio de esa visita, si quiero mantener ese cliente. No me gusta.

Creo que ese ganadero ya grande, que se ha profesionalizado, piensa que el veterinario es igual que el del pienso, el comercial, etc., que no tienes un horario. No digo que haya que volver a aquellas formas en las que el veterinario era tratado de «don» pero, en cuanto al respeto, hay extremos. Hemos pasado del mito al lobo, e igual por eso también me estoy decantando por la cuadra pequeña. Para mí es mucho más agradecida, más hospitalaria y mucho mejor pagadora. En la grande soy un eslabón más.

Por lo que dices, es como si los veterinarios tuvieseis que regalar vuestro trabajo, ¿por qué crees que sucede esto? ¿Empezasteis consintiéndolo y se volvió en vuestra contra?

Parece que en el mundo ganadero hay una especie de «síndrome del subvencionado», de que todo se les debe, de que son los que peor están y tienes la obligación de ayudarles. Creo que también por eso es tan complicado que valoren el asesoramiento veterinario como un trabajo remunerable. Aún así, en nuestro trabajo lo consintieron los que ahora tienen más de cincuenta años. En aquella época todo valía. ¿Qué más les da que llame un cliente a última hora de la tarde para inseminar, si tienen asalariados que pueden ir? ¡Y si, encima, así le quitan un cliente a su colega! Esta es una profesión de corporativismo cero, no solo entre equipos, sino también entre miembros de un mismo grupo o con otros veterinarios independientes, colaboradores suyos o no. Aunque tengan una relación de veinte años, en cuestión de dinero, no hay amigos. Es alucinante. Yo no soy así. Además, los clientes entran en el mismo juego y se suceden las críticas a otros veterinarios. Sé que conmigo hacen lo mismo, pero no deja de sorprenderme.

Revista AFRIGA — Profesionales — Íñigo Echanobe Arias | Veterinario Clínico

¿Crees que realmente otro veterinario te quita un cliente o que lo pierdes tú?

Bueno, es que los ganaderos son «de mecha corta». Es muy difícil afianzarlos y a la mínima cambian. Creo que es más una cuestión suya: cuando les llega una mala racha, al final tiene que haber una cabeza de turco y, claro, es el veterinario. No se acuerdan de todo lo bueno o de los éxitos que tuviste, se autoconvencen de que hay que cambiar y vuelven a empezar. Pero, por otra parte, en las épocas en las que el sector y los centros veterinarios estaban boyantes había algunos cuyas prácticas, a la larga, eran más contraproducentes que eficaces, y los ganaderos no son tontos. Eso también ha generado mucha suspicacia en los clientes.

En ese sentido, la relación de confianza con el cliente es primordial. ¿Se da esta confianza? ¿Los clientes valoran tu trabajo como se merece?

Siempre hay un sector disidente. Creo que ahí juega un papel muy importante la ignorancia de la gente, la falta de formación más allá del aspecto puramente académico. Los tradicionales, los más humildes y los que no viven solo de la ganadería, que son los que tienen cuadras pequeñas y, generalmente, ganado de carne, al poder dedicarse también a otras cosas tienen la mente más abierta, y ven que en el mundo laboral hay unos horarios y personas que tienen familia. Todavía tienen corazón. En cambio, los que han crecido muy rápido y que solo se centran en «vacas, cuernos y leche», lo que ven es un flujo enorme de dinero entrando y saliendo, y parece que se les olvida lo demás. Sospechan constantemente, llegando a cuestionar mis consejos e incluso mi ética. Con esos clientes hay que tener más tacto, si cabe, y hacer más muestras de confianza. Piensan que les puedo estar engañando.

¿Quizás porque también hay veterinarios que engañan?

Claro que los hay. Es el caso, por ejemplo, de los que podríamos llamar «gurús». Muchas veces un ganadero te llama, no para que vayas a ver una vaca que está mal, sino ya teniendo un diagnóstico propio basado, evidentemente, en su experiencia. Pero en ocasiones el caso es más complejo y hay una causa subyacente que lleva más tiempo determinar. Ahí es cuando el cliente se cansa y, confiando más en su criterio que en el tuyo, llama a un «gurú» que finalmente hace lo que él quiere que haga, lo que quería desde el principio, sea o no lo más apropiado para la vaca en ese momento. El ganadero cree que le ha resuelto el asunto, cuando la verdad es que el «gurú» se la ha colado con la mayor indecencia que se puede tener. Todo dependerá de si la vaca sobrevive porque, de ser así, tú no tenías ni idea y pierdes toda credibilidad. Da mucha más satisfacción, personal y profesional, la gente que todavía cree que tú eres el facultativo.

¿Cómo ves el futuro de vuestra profesión a medio plazo? ¿Podréis seguir trabajando como hasta ahora?

Yo creo que sí, pero el futuro de esta profesión pasa por una diversificación de servicios y cierta especialización en algunos campos fuera de la clínica, no tanto pensando en el declive de la ganadería, sino en el de nuestro estado físico. De todas maneras, mientras pueda, a mí me gustaría seguir con la clínica. Y si hay compañeros que sueñan con dejarla, es porque no entendieron la veterinaria como una profesión sino como un negocio. No disfrutan. Tal y como está la situación hoy en día, esta no es la mejor profesión para eso. Hace años sí lo era, cuando aún no había cooperativas.

Es increíble que no exista un control eficaz sobre los que negocian con el medicamento, cuando es a gran escala donde se está cometiendo el delito.

¿La creación de las cooperativas agroalimentarias no fue algo positivo para vosotros?

Depende de para quien. Para mí no, desde el momento en el que algunas incurren en dos delitos graves: uno de salud pública, puesto que están gestionando el medicamento de manera totalmente opuesta a lo dictado por la correspondiente legislación estatal y europea, y otro de intrusismo laboral, porque no sé hasta qué punto los ganaderos tienen derecho a hacer ciertas cosas sin la titulación pertinente. Algunas instituciones les permiten comprar lo que sea, hasta anestesia, sin que un veterinario haya visto al animal que se va a tratar. Y no me entra en la cabeza que las grandes cooperativas propicien que esto suceda. Es increíble que, habiendo unas leyes muy claras por parte de la Unión Europea, una presión sobre la trazabilidad de todos los antibióticos y las inspecciones a las que somos sometidos los veterinarios, que somos los que realmente hacemos clínica y estamos potestados para ello, no exista un control eficaz sobre los que negocian con el medicamento, cuando es a gran escala donde se está cometiendo el delito. Resulta curioso que la cadena de trazabilidad se rompa justo donde sería más fácil de seguir y no en las granjas, como era de esperar. Esto solo puede responder a unos grandes intereses que, supongo, son los mismos que tienen paralizadas las correspondientes denuncias. Se trata de querer gestionar todo el mundo ganadero desde una empresa, una cooperativa que, por definición, no puede aspirar a convertirse en un negocio. Y es EL NEGOCIO.

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¿Cómo os afecta a los veterinarios la problemática que está generando la receta electrónica?

En Asturias, comparado con Galicia, todo el asunto de las recetas está en pañales, y esa es la baza de los oligopolios de las grandes cooperativas para hacerse con el comercio del medicamento. Cualquier veterinario que sí va a la cuadra, sí atiende al animal y sí lo inyecta, tiene que cumplir toda una serie de protocolos. Sin embargo, al día siguiente, ese mismo ganadero al que has atendido puede comprar cantidades escandalosas de penicilina, sin especificar siquiera un crotal, despachada por una persona sin ninguna cualificación y con la firma electrónica de un sujeto que la «vende» a la cooperativa a cambio de un euro por receta. Esta práctica genera dinero fácil, sin moverse del sitio y de manera ilegal, aunque es evidente que un veterinario no ha podido firmar recetas simultáneamente en dos pueblos que están a sesenta kilómetros de distancia. No se dan cuenta de que esa firma implica una responsabilidad de salud pública. Y estamos viendo que el negocio del medicamento solo va a cambiar de manos, de las cooperativas a las ADS —Agrupación de Defensa Sanitaria—, para ser más de lo mismo. Seguiremos en el punto cero.

¿Qué solución propondrías?

La solución sería que el medicamento llegase directamente del laboratorio a los veterinarios, que se encargarían de gestionarlo. ¿Se beneficiarían de él? También los farmacéuticos, y nadie lo cuestiona. Máxime cuando, en breve, además de las recetas, se nos va a exigir comunicar periódicamente al Ministerio por vía telemática todos los antimicrobianos utilizados. Esa no es mi responsabilidad, como veterinario me formaron para curar animales. En todo caso le correspondería a un inspector. Además, ni siquiera disponemos de una herramienta oficial para hacerlo, que ya deberían empezar por ahí.

Los ganaderos tendrán que entender que prevenir no es solo vacunar, sino todo un conjunto de medidas de vital importancia que van desde una alimentación equilibrada hasta el diseño del establo.

Además tendréis que reducir el uso de antibióticos, ¿cuál es tu opinión al respecto?

Para empezar, que los responsables son los mismos. Todo este asunto surgió porque se achacaba al mundo veterinario un exceso en el uso de antimicrobianos que han acabado dando resistencias en humanos. Pero no han sido los veterinarios, han sido los que han permitido que los ganaderos pudieran disponer de medicamentos a discreción.

Por otra parte, la supresión de la mayoría de antibióticos forma parte de la línea en la que todo se está direccionando: la prevención. Los ganaderos tendrán que entender, y es lo que más les cuesta, que prevenir no es solo vacunar, sino todo un conjunto de medidas de vital importancia que van desde una alimentación equilibrada hasta el diseño del establo. Lo que más me sorprende es que no exista una regulación para la gestión del residuo de los medicamentos usados en una explotación. Me parece crucial e, incluso, podría ser otro punto clave en el control de la trazabilidad. De hecho, es una de las diversificaciones de negocio en las que estoy trabajando con mi compañero, Javier.

¿Crees que estamos ante la profesionalización del sector ganadero?

Puede que haya una tendencia a ella pero, en mi opinión, la verdadera profesionalización del sector pasa por que los ganaderos tengan visión empresarial. La clave sería llegar a un nivel de organización con un reparto equitativo de las obligaciones, en el que cada uno tiene una función muy bien delimitada y sin intromisión en las competencias del otro. Esto les permitiría tener mejores condiciones de trabajo y una mayor calidad de vida que, a su vez, facilitaría el relevo generacional. Los jóvenes ganaderos, al igual que los nuevos veterinarios, ya no tienen esa capacidad de sacrificio que se tenía hace quince o veinte años, quieren tener una vida más organizada, con horarios y tiempo libre. Pero a estas mejoras se siguen anteponiendo las inversiones materiales, comprar más maquinaria o construir mejores naves. Y también influye en cierta medida el factor social, la mentalidad existente en cada región. Solo hace falta ver la distancia que hay entre las casas en esta zona norte en comparación con Castilla, por ejemplo, donde están todas juntas y los vecinos quizás estén más acostumbrados a cooperar. Allí sí que funciona el asociacionismo entre ganaderos. En cambio aquí se intentaron crear algunas cooperativas en los pueblos y no salieron adelante. Es un sector en el que no hay unión, salvo que sea en contra de algo, nunca a favor. Para mí, esa habría sido la única manera de que todo hubiese seguido funcionando.

Soy anti-fan de la genética. Se trata de «apretar la tuerca del estrés» de los animales generación tras generación.

En esa línea de la llamada «profesionalización ganadera», ¿consideras que es proporcionada la importancia que se está dando a la mejora genética de las cabañas?

Lejos de ser fan, soy anti-fan de la genética. Me parece otra maniobra para manipular al ganadero y endulzarle un poco su trabajo. No creo que sea mala como idea, porque es un aliciente para el ganadero a la hora de querer mejorar, pero se ha convertido en una esclavitud. En mi opinión, la genética es una especie de cortina de humo creada para que la gente entre en ella y, cuando se dan cuenta, ya no son dueños de su negocio, sino que dependen de seguir una tendencia.

En mi trabajo conozco ganaderías que no prestan atención a los puntos ICO. Es cierto que las vacas son más pequeñas y producen un tercio menos, pero también son el triple de longevas y requieren mucha menos asistencia veterinaria. Por lo tanto, aunque ese ganadero tenga menores ingresos diariamente, a la larga, les saca muchísima más ganancia. Creo que el problema real está en los «índices no ICO» que se arrastran, que casi no se pueden ni valorar. Es decir, por mucho que se considere el índice de fertilidad, por ejemplo, no es una reseña del todo cierta si no se consideran los problemas de secreción pancreática, hepática, de disposición al estrés, etc. Son animales cada vez más sensibles y cualquier alteración del medio les supone prácticamente la muerte. Un animal rústico enfermo tiene muchas más posibilidades de recuperarse.

Trato de impregnarme lo mínimo del asunto de la genética e igual me faltan datos, pero no considero que sea algo bueno, porque se trata de «apretar la tuerca del estrés» de los animales generación tras generación. Otra cosa es la mejora genética dentro de la misma granja, con vacas de crianza propia. Mi compañero y yo estamos trabajando en un proyecto de implante de embriones en esa dirección, digamos, a nivel particular. Por ejemplo, para que un ganadero pueda conservar embriones de una vaca a la que considera su «joya de la corona» y, así, mantener en su ganadería esa línea genética de animales que él mismo crió.

Recientemente se están realizando cambios en las ganaderías para adaptarse a la demanda de las industrias lácteas, como el paso al pastoreo o la introducción de vacas jersey para una mayor producción de grasa. ¿Sucede esto en tu zona de trabajo?

Bueno, de entrada, no sé cómo se permite que las industrias lácteas vendan el cuento de que sus vacas viven en el prado cuando es absolutamente todo lo contrario. La mayoría de las ganaderías que les entregan la leche tienen sistemas de confinamiento. Estabulación «libre», dicen…

Aquí hay granjas en las se está empezando a cambiar de raza, no tanto a las jersey, de las que pueden tener cuatro o cinco para corregir la grasa que le demanda la empresa compradora, sino a las fleckvieh, de más aptitud leche, huyendo de la debilidad de las vacas frisonas. Si el ganadero no tiene un establo adecuado a cómo son las vacas hoy en día y las saca al prado a diario, ese trayecto es demoledor para ellas. Todo lo contrario que para una vaca un poco más rústica, a la que incluso le sienta bien. No entran en balance energético negativo y son más resistentes físicamente, pues tienen la musculatura ejercitada. A ese nivel, sí me parece una medida de bienestar animal.

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En cuanto al bienestar animal, la ganadería está siendo víctima de múltiples ataques por parte de activistas radicales veganos y animalistas. ¿Percibes estos movimientos como un potencial problema para el sector?

Totalmente, pero parece que ellos no lo ven venir ¡y ya están con un pie dentro! Todo el tema del bienestar animal está plagado de contradicciones. Por ejemplo, me parece magnífico que los terneros puedan estar sueltos, menos estresados. Ahora bien, es surrealista que se obligue a ello y, sin embargo, auspiciándose en ese mismo bienestar, si una vaca se rompe una pata no pueda llevarse al matadero para evitar el sufrimiento en el transporte, pero sí hacer un sacrificio domiciliario a saber en qué condiciones. En aras del bienestar animal se pone en riesgo la salud pública y todos los HCCP —Análisis de Riesgos y Control de Puntos Críticos— que tantos años ha costado establecer, solo porque se le ha ocurrido a algún «amigo de los animales». En todo este proceso hay momentos en los que miramos para otro lado, no sé por qué. Mucha de la responsabilidad de que todo esto suceda es de los que sí formamos parte de este medio, por no contraatacar con el mismo bombardeo mediático para contrarrestar esas ideas que no se sostienen.

Por parte de los ganaderos, lo que sí veo es mucha divulgación en las redes sociales de los ataques que sufren sus animales. Esta es una zona de lobos y de osos, que matan ovejas, yeguas y terneros. Pero los activistas parece que solo ven al lobo y al oso, ¿qué pasa con los animales a los que matan? ¿Son animales de segunda? ¿Esos no se protegen porque se pagan ayudas? Los criadores y ganaderos quieren que sus animales no mueran, no percibir ayudas. Y si se dan, que sean efectivas.

¿Qué opinas sobre esos movimientos?

Creo que sus ideas no son radicales en sí mismas, el problema es que las plataformas se llenan de fundamentalistas. Entonces da igual que estén en un programa de bienestar animal que en uno para la conservación del roble australiano, lo utilizan para dar rienda suelta a su radicalismo.

Además, parten de un planteamiento erróneo, propio del egocentrismo del ser humano: «Hay que salvar el planeta». Lo que hay que cuestionarse no es si el planeta va a seguir aquí sin nosotros, puesto que ha sobrevivido a cataclismos y extinción de especies, sino qué tenemos que hacer para salvar al ser humano. Quizás para lograr esto haya que hacer todo lo que se está haciendo, pero el origen del movimiento debe estar en el ser humano, en el hecho de nuestra conservación como especie y, a partir de ahí, de la naturaleza, la gestión del agua y del medioambiente, de las energías renovables, etc. No podemos seguir pensando que somos el ombligo del mundo.

Cada vez tenemos menos margen de maniobra para interpretar la vida según un criterio propio, en beneficio del criterio único que se está estableciendo.

¿Aportarías algún argumento para refutar los de esos activistas?

Sí: que empiecen por hacer un curso obligado de etología, ya que para no atribuir cualidades humanas a los animales hay que estudiar bien cómo es el comportamiento de cada uno de ellos. Los miembros de cualquier plataforma de conservación proanimalista deberían tener, por lo menos, una preparación científica, máxime si muchos de ellos no han estado nunca en una ganadería ni han visto una vaca. Sus teorías son reduccionistas. Y, sobre todo, se debería excluir de esas plataformas a los radicales. Siendo vegano es muy fácil hacer según qué afirmaciones contra la ganadería. Si llevas esas convicciones al extremo, hazlo con todas sus consecuencias. No lances tus protestas desde el chalé en el que vives porque cobras miles de euros por trabajar en una empresa que se salta todo aquello que tú defiendes. Si uno es consecuente hasta ese punto, está en su derecho de protestar contra un sistema social que se está colapsando.

Cuando parece que nos encaminamos hacia una sociedad más liberal, es todo lo contrario, más intransigente. Cada vez tenemos menos margen de maniobra para interpretar la vida según un criterio propio, en beneficio del criterio único que se está estableciendo.

¿Te jubilarás ejerciendo la veterinaria clínica?

Si puedo no me importaría, aunque no es algo que proyecte como «tengo que seguir dedicándome a esto». De hecho, me gustaría aprovechar mis conocimientos y experiencia profesional para dedicarme a otras cosas diametralmente opuestas, como desarrollar mi afición por escribir. Pero me estoy dando cuenta de que no sirve de nada tenerlo todo planificado, que hay que dejar que sea, un poco, la aleatoriedad del destino la que marque el camino. Quiero afianzar la vida, en la medida de lo posible, y luego ya me iré amoldando a las circunstancias. Voy a seguir haciendo mi trabajo de la manera que sé y, según se den las cosas, ya veré si sigo o no.


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