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Antonio Rodríguez Novoa: de ruta con el lechero
El día a día de uno de los profesionales que recogen nuestra leche

noviembre 23, 2018

Revista AFRIGA — Profesionales — Antonio Rodríguez Novoa | Lechero

Los camioneros que recogen la leche comparten buena parte de nuestro destino: según nos vaya a nosotros, así les irá a ellos. Llevan toda la vida oyendo nuestras quejas y dándonos su apoyo mudo. Conocen nuestras explotaciones tan bien como nosotros y madrugan tanto que, cuando nos levantamos, ya se han llevado la leche. Igual que los ganaderos, trabajan los trescientos sesenta y cinco días del año así nieve, hiele, llueva o se arda de calor. Por sus manos y vehículos pasa el fruto de nuestro trabajo y son, de todos los agentes del sector, los únicos que nunca nos han dado problemas. La industria, la administración, la distribución y hasta los proveedores han llevado en ocasiones, en muchas ocasiones, a que nos movilicemos, pero los lecheros siempre han estado a nuestro lado. Todo son facilidades por su parte y nunca se les oye una queja. Es tal la confianza en ellos que, la mayoría de las veces, ni siquiera estamos presentes cuando entran en la granja. Y su trabajo es duro. Duro de verdad. En este número hemos querido irnos de ruta con uno de ellos para conocer su día a día en la carretera y la mecánica de su trabajo, pero también sus problemas, sus preocupaciones, su visión de un sector del que viven pero en el que nunca se les tiene en cuenta. Antonio Rodríguez Novoa es el lechero que nos ha permitido acompañarle en su ruta por el ayuntamiento de Carballedo —Lugo—. Le agradecemos las facilidades que nos ha dado, la información que nos ha proporcionado, y el esfuerzo en cumplir con su tarea mientras respondía a nuestras preguntas. A través de él conoceremos y reconoceremos el esfuerzo de todos los lecheros, de donde quiera que sean, por llevar nuestra leche a su destino.

En marcha desde las cinco de la mañana

Antonio no ha querido meternos un madrugón y nos ha citado para el segundo turno de recogida. Cuando llegamos a la sede de la cooperativa Aira, donde hace la descarga, ya ha llenado y vaciado la cisterna una vez. Su jornada comenzó a las cinco de la mañana, aunque a nosotros nos espera a las ocho. Una vez recogida la manguera y cubiertos, y tras entregar en la oficina los impresos que certifican la trazabilidad de la leche, así como la cantidad y procedencia de los litros recolectados, nos ponemos en marcha.

La cabina del camión está más elevada de lo que parece y los peldaños son bastante estrechos, por lo que no resulta del todo sencillo subirse a ella. En cambio, y a pesar de, como él mismo dice, sus demasiados kilos de peso, Antonio sube y baja del camión como un gato. «Cuestión de práctica», explica.

Revista AFRIGA — Profesionales — Antonio Rodríguez Novoa | Lechero

La mañana está muy fría. El lechero nos explica que en el turno anterior ya ha visto las primeras heladas del otoño y ha tenido que extremar la precaución al volante. Una pequeña novedad en un trabajo que puede llegar a ser muy monótono, sobre todo si, como él, llevas veintinueve años haciendo las mismas rutas. Estas se alternan cada dos días, por lo que la que hacemos hoy la repetirá pasado mañana.

El lechero se define a si mismo como un pequeño empresario. Está inscrito como trabajador autónomo y cuenta con un operario que conduce el otro camión de la empresa. Se alternan las rutas, que abarcan el sur de la provincia de Lugo. Cada uno de ellos trabaja tres días seguidos y descansa uno. De esa forma, siempre hay un camión recogiendo y la mayoría de las veces están los dos.

El lechero, una parte más del funcionamiento de las granjas

Es habitual en Galicia que la gente que se dedica a la recogida de la leche tenga o haya tenido relación directa con el sector. También en el caso de este vecino de A Grade, pues su hermano está al frente de la explotación familiar y Antonio le echa una mano en las épocas de más trabajo. Obviamente, el tanque de casa es el primero que vacía antes de proseguir la ruta. Así, está al tanto de todo lo que rodea a la producción de leche, tanto por lo que comprueba en la explotación familiar como por lo que le cuentan en las explotaciones que visita.

A pesar del frío, el día está despejado y no tardamos en llegar a la primera granja. Es una nave de construcción más o menos reciente en el lugar de Castro de la parroquia homónima. El ganadero está sirviendo en las cornadizas la ración de la mañana y no sale a recibirnos. De hecho, no se hubiera enterado de nuestra presencia de no ser porque entramos a curiosear. Pero apenas tenemos tiempo de saludarlo, ya que Antonio cumple en menos de cinco minutos con el cometido de enganchar las mangueras, vaciar el tanque, recoger la muestra para análisis del LIGAL —Laboratorio Interprofesional Galego de Análise do Leite— y volver a cargar el dispositivo de absorción.

Salimos por una pista de arena llena de baches hacia el siguiente destino. Unos baches que, nos dice el lechero, no son nada comparados con los que había cuando empezó a trabajar en esto, ni con algunos de los que se encuentra en los accesos a las granjas de la otra ruta.

Solo los perros recién llegados a las explotaciones le ladran los dos o tres primeros días. Para el resto ya es una parte más del funcionamiento de la granja.

La segunda parada es a apenas cinco kilómetros, en el lugar de Vilaquinte. Aquí comprobamos la pericia de Antonio al volante: sin inmutarse, deja la cabina del camión a escasos centímetros de la pared del establo «porque si no, la manguera no llega», dice. En esta granja parece no haber nadie, solo un perro que reacciona con indiferencia a la llegada del lechero, de lo acostumbrado que está. El recogedor nos confirma que es así en todas partes, y que tan solo los perros recién llegados a las explotaciones le ladran los dos o tres primeros días. Para el resto ya es una parte más del funcionamiento de la granja. Y cuenta que es habitual que los canes que están a pie de establo tengan un recipiente con leche del que beben encantados. ¿No nos decían que solo el ser humano consumía leche siendo adulto? Pues ya vemos que quien conoce en primera persona la realidad niega tal falacia.

Este segundo tanque era de poco tamaño, por lo que la parada es aún más breve que la anterior. Lleva más tiempo comprobar la cantidad de leche con el medidor, y contrastar este con las tablas que hay pegadas en la pared, que vaciar el tanque.

Pausa para reponer fuerzas… y repasar recuerdos y experiencias

Van a ser la nueve de la mañana y es la hora de reponer fuerzas —recordemos que Antonio lleva trabajando desde las cinco— a base de café con, cómo no, leche. Y un croissant cargado de la mejor mantequilla. La parada es en A Barrela, capital del municipio. Al ser domingo por la mañana el bar está casi desierto, y aquí vemos parte de la monotonía positiva que acompaña a este trabajo: el camarero no llega a dirigir en ningún momento la palabra a Antonio y le sirve, sin que se lo pida, el café con leche y el croissant. Son muchos años de relación cliente-camarero.

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Aprovechamos la pausa en la jornada para que el lechero nos hable de su historia personal. Fue en 1989 cuando comenzó a recoger leche para la cooperativa, que entonces se llamaba Chataca y solo abarcaba los municipios de Chantada, Taboada y Carballedo —de ahí su nombre—: «Era un momento de gran expansión, había muchas granjas y la producción aumentaba cada mes, así que la cooperativa dio el paso de hacer ella misma la recogida. Necesitaban camiones y conductores, y abrieron un concurso para los transportistas de la zona. Yo tuve la suerte de ser elegido… Bueno, la suerte y la oferta a la baja que realicé —se ríe—. Y aquí sigo casi treinta años después».

Por aquel entonces todo era muy diferente, había el triple de explotaciones y los requisitos de entrega eran menos exigentes. Empezaban la jornada a las siete de la mañana y no acababan hasta las ocho de la tarde. Esto en los días normales ya que, si había complicaciones, llegaban a casa con el tiempo justo para meterse en la cama: «Además, cualquier avería causaba más lío que ahora. Teníamos que ser camioneros y un poco mecánicos, porque la recogida no podía esperar a que vinieran del taller a solucionar el problema. Hay que darse cuenta de que entonces no había teléfonos móviles. Hoy algunos fallos en los vehículos se pueden solucionar a través de Internet, sin que venga el mecánico a nada. Con saber cambiar una rueda, para nosotros es más que suficiente. Antes todo se solucionaba con unos alicates y una llave inglesa, hoy lo más prudente es no tocarle a nada». De aquella época también recuerda que había que recorrer hasta tres rutas al día porque, al haber hecho una oferta a la baja, era necesario trabajar mucho para ajustar los márgenes.

Este lechero empezó con una de 6.000 litros que llenaba varias veces al día. Ahora trabaja con una de 16.000 que rara vez se carga por completo.

Otro símbolo del cambio de los tiempos está en la cisterna del camión. Este lechero empezó con una de 6.000 litros que llenaba varias veces al día. Ahora trabaja con una de 16.000 que rara vez se carga por completo: «Solo en algunas semanas de primavera, cuando la producción es mayor. Ahora mismo estamos empezando con la época de bajada». También en los momentos de mucho calor percibe que la cantidad que recoge se reduce notablemente: «En los días de temperaturas muy elevadas hay tanques en los que recojo hasta un 10 % menos, y si el calor extremo dura varios días, esas vacas ya no recuperan el nivel anterior».

Antonio es un transportista experimentado que, antes de trabajar para la cooperativa, se dedicaba a todo tipo de transportes, especialmente de piensos. También repartió carne congelada por el sur de la provincia de Pontevedra, y dice que fue en aquella época cuando contrajo los problemas de espalda que ya le empiezan a pasar factura. También nos cuenta que su cisterna no solo llevó leche: en una ocasión transportó aguardiente de la Ribeira Sacra hasta Betanzos —A Coruña—. Actualmente estaría dispuesto a realizar otros transportes —aceite, vino, etc.— si se lo solicitaran, pero siempre en función del tiempo que le dejase la recogida de la leche, que no es mucho.

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A pesar de llevar tantos años en la carretera, solo recuerda tres incidentes graves al volante. El primero fue cuando comenzaba a trabajar: un error de cálculo en la frenada, combinado con una pista en pendiente en la que se mezclaba la helada y los excrementos de vaca, hizo que acabase volcado en el medio de la carretera. Afortunadamente salió ileso. El siguiente se debió a un despiste entrando marcha atrás en una de las explotaciones: el camión se deslizó por una pendiente, sin más consecuencias que el tener que llamar a una grúa de gran potencia para que lo sacara del atolladero. El tercer siniestro no fue al volante: bajando del camión resbaló en uno de los peldaños y, al tratar de no caer agarrándose a la barra, se dislocó un hombro. Estuvo más de un mes de baja, con lo que eso supone para un trabajador autónomo.

El vehículo, los ganaderos y la mano de obra

Tomado el café reiniciamos la ruta. La siguiente parada es en la parroquia de Carballedo, en la que nos detendremos más veces. Tampoco aquí sale nadie a recibirnos, pero lo que más llama la atención es cómo Antonio ha logrado meter el camión, hasta la puerta, por una pista en la que cualquier conductor normal tendría serios problemas para entrar con un todoterreno: «El problema en estas rutas no son los baches y pendientes, me preocupa mucho más rascar los espejos y laterales en sitios demasiado estrechos». No cabe duda de que la experiencia en este trabajo es más que un grado.

Los camioneros son un poco como un buzón de quejas. Cada vez que bajan los precios de la leche, son muchos los ganaderos que encuentran desahogo explicando al lechero sus males.

Aunque hasta ahora no hemos conseguido hablar con ningún ganadero, preguntamos a Antonio por sus conversaciones cuando tiene tiempo de cruzar palabra con ellos. Nos explica que los camioneros son un poco como un buzón de quejas. Cada vez que bajan los precios de la leche, son muchos los ganaderos que encuentran desahogo explicando al lechero sus males y, como buenos compañeros de sector, escuchan con atención. Otra cosa es cuando llega un resultado negativo en los análisis de la leche: «En esos casos la primera reacción es echarnos la culpa a nosotros, aunque es más un calentón que otra cosa, porque saben que nuestra labor solo es recoger muestras y lo hacemos de la forma que nos marca la normativa». También se encargan de transmitir la información funeraria, que en esta zona es desgraciadamente muy elevada por el envejecimiento poblacional, o de las novedades que ha habido en su zona de trabajo. Los ganaderos dan por supuesto que el lechero está al tanto de todo, debido a la cantidad de sitios que visita.

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El trayecto hasta la cuarta parada es relativamente largo, así que aprovechamos para que el lechero nos hable un poco de su vehículo. Es un camión de tres ejes con, ya hemos visto, una cisterna de 16.000 litros de capacidad. En el interior lleva una nevera portátil en la que se van guardando los pequeños botes con las muestras de leche. Pero lo que más llama la atención es el asiento del conductor, una maravilla por su simpleza y efectividad: mediante muelles y aire, la espalda del conductor no sufre lo más mínimo por los vaivenes y traqueteos derivados de los baches y desniveles que tienen algunas pistas. La cisterna se somete a dos tipos de revisiones, una sanitaria y otra mecánica. La sanitaria se realiza como mínimo una vez al año, y es responsabilidad de AGACA —Asociación Galega de Cooperativas Agrarias—. La mecánica es cada cuatro o cinco años, a cargo de ATISAE —la agencia encargada, por ejemplo, de las ITV—.

Igual que les pasa a los ganaderos, para Antonio no es fácil encontrar mano de obra. No solo porque los jóvenes tiendan a rechazar este trabajo debido a los horarios, sino también porque no llega con el permiso de conducir camiones cisterna: es necesario tener el carnet de manipulador de alimentos, y realizar el curso de recogedor de muestras que exige el LIGAL. Hablando de mano de obra, el lechero constata que este sigue siendo un trabajo de hombres y, aunque ha conocido a dos mujeres que hacían la recogida, recuerda que no duraron mucho tiempo y que, en tantos años de oficio, no ha visto más casos.

La cuarta parada nos lleva a San Mamede da Veiga. Aquí sí que podemos dialogar un poco con los dueños de la granja, porque el tanque está a rebosar y tarda un rato en vaciarse. El fundador de la explotación, ya jubilado, se muestra alarmado por la subida del gasoil y de la factura eléctrica —que bate récords en esos días— aunque, como siempre, cita la más que demostrada infinita capacidad del ganadero para aguantar todo lo que le echen. Su hijo y titular de la granja está atareado con los terneros recién nacidos. Será la única persona menor de cuarenta años que veremos en todo el recorrido. ¿Tal vez porque es domingo por la mañana? Ojalá…

El día a día y los gajes del oficio

Durante el siguiente trayecto, que nos lleva a Lousada de San Mamede, Antonio nos habla de su jornada. Aunque se levanta a las cinco de la madrugada, no se acuesta hasta las doce de la noche: «Eso sí, por la tarde duermo unas siestas de campeonato porque, de otro modo, no aguantaría». Para hacer más llevadera la rutina —y porque en esta zona de límite de provincias no se sintonizan bien las radios—, el lechero lleva conectada una memoria USB con música pop. En ocasiones muy contadas alguna de sus tres hijas le ha hecho compañía durante la recogida, aunque solo por estar con él y hacerle más distraída la jornada, ya que ninguna de ellas piensa dedicarse profesionalmente a esto.

Una de las consecuencias —no se sabe si positiva o negativa— de este trabajo es que Antonio no se pierde una feria. Raro es el día que no va a comer el pulpo con compañeros de trabajo o ganaderos, cada vez que hay mercado mensual en alguno de los municipios en los que hace la recogida. «Gajes del oficio», dice con una sonrisa.

Los recogedores están esperando a que se produzca una subida en las tarifas, pero de momento nadie en el sector quiere ser el primero en dar ese paso y pagarles algo más.

Durante la sexta parada, en Vilagarcía de San Mamede, el lechero nos cuenta que, en los últimos años, ha perdido puntos de recogida porque algunos de los ganaderos de más volumen de producción han preferido contratar la recogida directamente con las industrias, en lugar de recurrir a la cooperativa como primer comprador. Eso supone un problema, porque la facturación la realizan en función de los litros recogidos y del número de paradas. Nos explica que los recogedores están esperando a que se produzca una subida en las tarifas, pero de momento nadie en el sector quiere ser el primero en dar ese paso y pagarles algo más.

Por el camino a Mazaira de Santa Eulalia de Bubal, séptima parada, el camionero nos cuenta que las carreteras rurales por las que se mueve están en bastante buen estado. Quizá porque, con el cierre de explotaciones y el progresivo despoblamiento, el volumen de tráfico se ha reducido notablemente.

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En Mondín de Santa Eulalia de Bubal y Castro de Morgade, paradas número ocho y nueve, hablamos de las huelgas de entregas de leche que los ganaderos han convocado en estos treinta años: «En esos momentos no queda otra que quedarse en casa. Cuando se les pone fin, nos desplazamos hasta las explotaciones para ver si se ha salvado algo de leche, y si está en las condiciones sanitarias exigidas para ser entregada, que no es lo habitual».

Al regresar a la parroquia de Carballedo para la décima y undécima paradas, en los lugares de Outeiro y Vila, comprobamos que nos hemos movido en círculo durante toda la mañana. Aquí Antonio explica que si bien la nieve aparece esporádicamente, cada vez lo hace con menos frecuencia: «Y es un problema relativo, simplemente nos obliga a modificar horarios. Aquí hace décadas que ningún pueblo se queda aislado por las nevadas, así que lo que no podemos recoger por la mañana lo recogemos por la tarde. No olvidemos que la pérdida de un tanque de leche supone un serio problema de balance contable para el ganadero».

Termina la jornada

La jornada termina en el lugar de Ansoar, parroquia de Fornas. Es otro de los tanques más llenos, con cerca de 2.000 litros. Aunque ya son las once de la mañana tampoco aquí sale nadie a recibirnos, y tampoco los perros ladran a la entrada del lechero.

Llegamos a la cooperativa para hacer la segunda descarga del día. Antonio engancha la manguera de la cisterna para que la leche entre en los depósitos, y vuelve a la oficina para comenzar el ritual de cobertura de impresos y formularios. Nos agradece que hayamos querido dar difusión a un trabajo poco conocido y menos reconocido. Tiene algo de prisa porque, nos confiesa, una llamada que recibió durante la ruta era para ir a comer callos y chuletón a Castro. «Gajes del oficio», dice de nuevo. Al día siguiente volverá a estar en pie a las cinco de la mañana para realizar la recogida por la zona de la Serra do Faro.

Cada lechero que visita nuestras explotaciones tiene su historia personal, sus anécdotas y sus métodos de trabajo, pero creemos que Antonio refleja de forma fiel en qué consiste este oficio que, igual que el de los ganaderos, no entiende de días libres, y en el que los problemas no atienden a demoras porque hay que solucionarlos al momento. Esperemos que este reportaje haya servido para conocer y valorar mejor a una parte esencial del funcionamiento de las explotaciones, la que garantiza la relación con nuestro cliente.


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